Dejen que el Espíritu les renueve los pensamientos y las actitudes”. Efesios 4:23 (NTV)
Por Rick Warren
30 de noviembre de 2020.
El cambio requiere un nuevo pensamiento. Para poder cambiar, debemos aprender la verdad y comenzar a tomar buenas decisiones, pero también debemos cambiar nuestra forma de pensar.
La forma en que piensas determina la forma en que te sientes, y la forma en que te sientes determina la forma en que actúas. Si deseas cambiar la forma en que actúas, comienza por cambiar tu forma de pensar. Además, si quieres cambiar la forma en que te sientes, debes comenzar por la forma en que piensas.
Por ejemplo, puedes decir: “Necesito amar más a mi hermano” “Necesito amar más a mi cónyuge,”, pero eso no va a funcionar. No puedes luchar para lograr tener un sentimiento. Debes cambiar tu forma de pensar sobre tu cónyuge, tus hijos, tus hermanos de la iglesia y el resto de tu familia. Eso cambiará la forma en que te sientes, lo que luego cambiará tu forma de actuar. La Biblia dice: “Dejen que el Espíritu les renueve los pensamientos y las actitudes” Efesios 4:23 (NTV).
La batalla por el pecado, la batalla para lidiar con esos defectos en tu vida que no te gustan, comienza en tu mente. Si quieres cambiar algo en tu comportamiento o cualquier cosa en tus emociones, comienzas con tus pensamientos y tu actitud.
La renovación de tu mente está relacionada con la palabra “arrepentimiento”. Sé que el arrepentimiento es una mala palabra para mucha gente. Creen que significa algo malo, algo que realmente no quieren hacer, algo doloroso. Ellos piensan en un hombre parado en una esquina de una calle con un letrero que dice: “¡Arrepiéntanse! ¡El mundo está a punto de terminar!
El arrepentimiento es más que cambiar tu comportamiento. Se trata de cambiar tu mente y aprender a pensar de forma diferente. “Arrepentirse” significa simplemente hacer un giro en ‘U’ mental.
Pasas de la culpa al perdón. Pasas de la frustración a la libertad, de la oscuridad a la luz, del odio y la amargura al amor.
También es posible que necesites cambiar la manera en que piensas acerca de Dios. Él no está enojado contigo; ¡Él está enojado por ti! Eres profundamente imperfecto, pero eres profundamente amado.
Comienza con tu mente y cambia tu forma de pensar sobre tus relaciones, la economía, el mundo y tu pasado, presente y futuro. Cambiando tu forma de pensar afectará tus emociones y tu comportamiento.
Reflexiona sobre esto:
- ¿Dónde puedes obtener el poder para hacer cambios que no crees que puedas hacer por ti mismo?
- ¿Por qué crees que se requiere arrepentimiento para la renovación de tu mente?
- ¿Cómo necesitas cambiar tu forma de pensar sobre tus relaciones más importantes?
Recuerda que no estás en casa todavía.
Por Rick Warren
27 de noviembre de 2020.
“Así que no nos fijamos en lo visible, sino en lo invisible, ya que lo que se ve es pasajero, mientras que lo que no se ve es eterno”. 2 Corintios 4:18 (NVI)
Al esforzarte por alcanzar las metas que Dios te ha dado, es importante recordar que la vida en la tierra es solo un trabajo temporal. Saber esto debería alterar radicalmente tus valores y fijar tu atención en las cosas que son importantes eternamente.
Como dijo C. S. Lewis, “Todo lo que no es eterno, es eternamente inútil”.
Es un error fatal asumir que las metas de Dios son prosperidad material o éxito popular como lo define el mundo. La vida abundante no tiene nada que ver con la abundancia material. La fidelidad a Dios no garantiza el éxito en la carrera, ni siquiera en el ministerio. Nunca te enfoques en coronas temporales.
Pablo era fiel, sin embargo, terminó en la cárcel. Juan el Bautista era fiel, pero fue decapitado. Millones de personas fieles fueron martirizadas, perdieron todo o llegaron al final de sus días sin tener nada para mostrar. Pero el fin de la vida no es el fin.
La Biblia dice en 2 Corintios 4:18, “Así que no nos fijamos en lo visible, sino en lo invisible, ya que lo que se ve es pasajero, mientras que lo que no se ve es eterno” (NVI).
Cuando la vida se ponga difícil, cuando estés agobiado por las deudas, o cuando te cuestiones si vale la pena el esfuerzo de vivir para Cristo, recuerda que no estás en casa todavía. Al morir no dejarás tu hogar, sino que irás a tu hogar.
Reflexiona sobre esto:
- Piensa en las metas por las que te esfuerzas cada día. ¿De qué manera tu esfuerzo refleja la perspectiva eterna?
- ¿De qué forma la perspectiva eterna afecta tus relaciones? ¿tu actitud? ¿tu testimonio?
- ¿Por qué piensas que Dios te bendice financieramente o bendice tu carrera, si las coronas terrenales no son importantes?
Cuando venga un cambio, ¡No te rindas!
Por Rick Warren.
26 de noviembre de 2020.
“Los ojos del Señor recorren toda la tierra para fortalecer a los que tienen el corazón totalmente comprometido con él”. 2 Crónicas 16:9 (NTV)
Cuando Dios te da una misión, puedes estar seguro de que enfrentarás impedimentos, dificultades, desvíos y callejones sin salida a lo largo del camino. Son todos parte natural de la vida. Pero puedes estar preparado para ellos.
Por ejemplo, si alguien tuvo razón para estar desalentado, ese fue Noé. ¿Sabes cuánto trabajó en el arca? Le tomó 120 años. ¿Podrías estar 120 años en un proyecto sin una palabra de aliento de parte de nadie?
Noé confió en Dios. Y cuando escuchó las advertencias de Dios sobre el futuro, le creyó, aunque no había la menor señal de una inundación. Estoy seguro de que hubo muchos días en los que Noé no tenía ganas de ir a trabajar, pero por 43.800 días fue al mismo lugar, y trabajó. Nunca renunció.
No renuncies a tus sueños tampoco. No renuncies a lo nuevo que Dios te está dando. No renuncies a tu salud. No, no, no renuncies. Dios está en control. No has leído el último capítulo de tu vida. Dios ya lo escribió, pero todavía no lo has leído.
La Biblia dice: “Los ojos del Señor recorren toda la tierra para fortalecer a los que tienen el corazón totalmente comprometido con él” 2 Crónicas 16:9 (NTV). Dios está buscando personas que tengan el corazón totalmente comprometido con Él y su plan para poder bendecirlos.
¿Quieres ser una de esas personas? ¡No renuncies!
Reflexiona sobre esto:
- ¿Qué sueño del “tamaño de Dios” has pensado en dejar debido a las dificultades y retrasos?
- ¿Cómo has crecido espiritualmente a través de los desvíos y demoras en tu vida?
- ¿De qué forma deseas que Dios te bendiga al comprometerte totalmente con Él?
Para escuchar a Dios, tienes que acercarte a Dios.
Por Rick Warren
25 de noviembre de 2020.
“¡Pues el Señor concede sabiduría! De su boca provienen el saber y el entendimiento”. Proverbios 2:6 (NTV)
Tú dices, “Quiero confiar en Dios, pero no lo escucho”.
No escuchas a Dios cuando tu mente está llena con miles de otras distracciones. Para escuchar a Dios, tienes que estar cerca de Dios. Tienes que estar a solas con Dios y estar tranquilo.
La Biblia dice, “Quédense quietos, reconozcan que yo soy Dios” Salmos 46:10 (NVI). Eso significa sentarte y estar tranquilo. Así es como escuchas y te acercas a Dios. Tienes que sentarte solo y estar en completa calma con tu Biblia y decir: “Dios, ¿Hay algo que quieres decirme?” Lee la Palabra de Dios, y habla con Él sobre lo que está en tu corazón.
Dios dice que Él te dará la sabiduría que necesitas para reconocer Su voz y entender lo que te dice: “¡Pues el Señor concede sabiduría! De su boca provienen el saber y el entendimiento” Proverbios 2:6 (NTV).
Haz esta oración hoy: “Dios, quiero escucharte a Ti, no a las voces de la duda. Quiero estar más cerca de Ti y conocerte mejor. Quiero escucharte y prometo obedecerte. Quiero ser una de las personas que puedas usar y bendecir”.
Reflexiona sobre esto:
- ¿Qué necesitas cambiar sobre la forma en la que te encuentras con el Señor para que puedas estar tranquilo y acercarte a Él?
- ¿Cómo reaccionas normalmente a las instrucciones de Dios para tu vida?
- ¿Cómo puedes demostrar que estás listo para obedecer lo que Dios te manda a hacer?
No permitas que las distracciones te desvíen de lo mejor.
Por Rick Warren.
24 de noviembre de 2020.
“Adquiere sabiduría, desarrolla buen juicio. No te olvides de mis palabras ni te alejes de ellas”. Proverbios 4:5 (NTV)
Una de las pruebas más importantes que todos enfrentamos al tratar de lograr lo que Dios nos ha llamado a hacer, es nuestra respuesta a las distracciones culturales. ¿Te resulta familiar la pérdida de tu concentración por alguna de estas distracciones?
La distracción de la popularidad. Si siempre estás preocupado por lo que otras personas piensan, te distraerá de tu propósito.
La distracción del placer. Está bien divertirse y sentirse cómodo, pero si ese es el enfoque principal de tu vida, nunca cumplirás tu propósito.
La distracción de las ganancias. No puedes servir a Dios y al dinero. Obtener ganancias no debe ser el enfoque principal de tu vida.
La distracción de las posesiones. Juzgar tu éxito por la cantidad de cosas que posees, te mantendrá preocupado de acumular más cosas y de mantenerlas.
Si vas a cumplir la misión que Dios te ha encomendado, debes atreverte a ser diferente a los demás. Mantente enfocado en lo más importante de todo: Tu relación con Jesucristo.
Reflexiona sobre esto:
- ¿Cuál de estas distracciones te han impedido alcanzar lo mejor de Dios para tu vida?
- ¿Qué pasos prácticos debes dar para ayudar a minimizar estas distracciones en tu vida?
- Ora para que Dios te dé el coraje de ser diferente e ir en contra de los estándares culturales.
¿La voz de quien estás escuchando?
Por Rick Warren
23 de noviembre de 2020.
“Todo el que quiera ser sabio debe empezar por obedecer a Dios. Pero la gente ignorante no quiere ser corregida ni llegar a ser sabia”. Proverbios 1:7 (TLA)
¿Has notado que en el momento en que estableces un objetivo en tu vida, la gente comienza a decir: “¿Quién crees que eres?”, “No se puede hacer”, “Olvídalo”.
El antídoto para las voces de la duda es escuchar en su lugar la voz de Dios. Piensa en todas las críticas que Noé enfrentó en su vida. “Ese tipo, Noé, cree que Dios le habla, pero está desvalorizando nuestras propiedades al construir esa arca en su jardín”.
La Biblia nos dice que Noé escuchó a Dios. ¿Y qué escuchó? Escuchó la advertencia de Dios, que el mundo iba a ser destruido. Noé creyó lo que aún no había visto. Esto es Fe: Estar seguros de algo que no vemos.
Noé no se apartó de la visión que Dios le había dado. En cambio, construyó el arca.
Dios te va a dar una meta en la vida, y algunas personas pueden pensar que es muy difícil. Pero tienes que mantenerte enfocado en lo que sabes que Dios ha dicho a través de su Palabra, la Biblia. ¡Entonces, tienes que construir tu arca!
Reflexiona sobre esto:
- ¿En qué formas has permitido que el miedo o la crítica te impidan alcanzar tus objetivos?
- ¿Qué sueño alcanzarías si no te asustara la crítica?
- ¿Cómo puedes practicar el escuchar la voz de Dios?
22 de noviembre de 2020.
Sé sabio: mira hacia adelante y enfrenta la realidad.
“Los prudentes saben a dónde van, en cambio, los necios se engañan a sí mismos”. Proverbios 14:8 (NTV)
Muchas personas empiezan bien en la vida, pero terminan mal porque no planean para las dificultades. La Biblia dice que la persona sabia mira hacia adelante y enfrenta la realidad.
Mientras hacemos planes para el futuro, todos enfrentamos dificultades, como las distracciones culturales, las voces de la duda, los atajos tentadores y las demoras desalentadoras. Tan sólo miremos a Noé que enfrentó una variedad de obstáculos después de que Dios le mandó construir el arca, pero él los superó —y tú también puedes.
Ahora bien, esto no quiere decir que Dios te dará una meta tan audaz como construir un arca, pero mi oración a Dios es que Él te dé una gran meta — una audaz— para tus próximos años.
La Biblia dice, “Los prudentes saben a dónde van, en cambio, los necios se engañan a sí mismos” Proverbios 14:8 (NTV). Mirar hacia adelante, no solamente nos prepara para detectar las dificultades cuando lleguen a nuestras vidas, sino que también estaremos equipados para hacer planes que nos ayuden a convertirnos en las personas que Dios quiere que seamos.
Pide a Dios que te ayude a establecer metas para los próximos años de tu vida. Entonces estarás listo para moverte hacia adelante y aprenderás a manejar las dificultades que potencialmente te impiden llegar a donde Dios quiere que vayas.
Reflexiona sobre esto:
- ¿Qué lecciones puedes aplicar a los próximos años que hayas aprendido de tus años anteriores?
- Cuando miras al futuro, ¿en qué clase de persona quieres convertirte? ¿Qué es lo que quieres que Dios logre en tu vida?
- Esas metas, ¿cómo reflejan el poder de Dios en tu vida? ¿Sueñas en grande porque sirves a un Gran Dios?
Tu valentía motivará a otros.
Por Rick Warren
19 de noviembre de 2020.
“La mayoría de los creyentes de este lugar ha aumentado su confianza y anuncia con valentía el mensaje de Dios sin temor”. Filipenses 1:14 (NTV)
Dios quiere que tengas valor y defiendas el caminar cristiano, sus valores y creencias cuando todos los demás se queden sentados. Pero no es solo por tu propio bien, es por el bien de los demás, también.
Cuando te levantes públicamente por lo que Dios quiere, alentarás a otros creyentes. Cuando defiendas a Dios, otras personas te seguirán.
La valentía es contagiosa. Nunca se sabe cuánta gente te acompañará hasta que valientemente salgas con fe.
La mayoría de la gente está esperando que un líder demuestre valentía. Están esperando que alguien como tú demuestre algo de fe.
Pablo escribe sobre esto en Filipenses 1:14: “La mayoría de los creyentes de este lugar ha aumentado su confianza y anuncia con valentía el mensaje de Dios sin temor” (NTV).
El encarcelamiento de Pablo por el Evangelio llevó a otros a demostrar más audacia.
Dios usará tu valentía, para ayudar a otros a responder también con valentía.
Reflexiona sobre esto:
- ¿Cómo has sido motivado por la valentía y la fe de otras personas?
- ¿Por qué la valentía es contagiosa?
- ¿Qué paso de fe puedes tomar esta semana que demuestre valentía y posiblemente motive a otros a hacer lo mismo?
Cómo crece tu valentía y carácter.
Por Rick Warren.
18 de noviembre de 2020.
“Así que nunca te avergüences de contarles a otros acerca de nuestro Señor. . . Con las fuerzas que Dios te da prepárate para sufrir conmigo a causa de la Buena Noticia”. 2 Timoteo 1:8 (NTV)
Hablar de Dios a los demás cuando tienes miedo o vergüenza de dar testimonio, no solo es lo correcto, sino que también edifica tu Fe y tu carácter.
La reputación es lo que quieres que la gente piense que eres. El carácter es lo que realmente eres. El carácter es quién eres cuando nadie está mirando.
El carácter y la Fe son como un músculo, y la única forma de fortalecer un músculo es ejercitándolo. Eso es lo que hacemos en el levantamiento de pesas. Cuando levantas pesas, estás esforzando tus músculos, estás estirando tus músculos y estás estresando tus músculos. Tu músculo no crece a menos que esté tenso, estirado y estresado.
Lo mismo es cierto con tu “músculo de valentía”.
Tú no estás desarrollando ningún músculo espiritual, emocional o relacional cuando cedes al miedo en lugar de resistirlo. Cuando no tomas riesgos y dejas que el miedo gane, pierdes el valor de seguir la voluntad de Dios para tu vida.
Cuando te mantienes firme por lo que Dios quiere en lugar de rendirte al temor, tu valentía crece. El valor no es la ausencia de miedo; es avanzar con lo que Dios quiere de todos modos.
La Biblia dice: “Así que nunca te avergüences de contarles a otros acerca de nuestro Señor… Con las fuerzas que Dios te da prepárate para sufrir conmigo a causa de la Buena Noticia” 2 Timoteo 1:8 (NTV).
¿Qué estás dispuesto a hacer para ser fiel a tu Fe? ¿Estás dispuesto a ser probado? ¿Estás dispuesto a que alguien te mire mal? ¿Estás dispuesto a que la gente hable de ti?
Históricamente, los cristianos han sido lanzados a los leones y han sido crucificados por su Fe en Cristo. Incluso hoy en día, muchos cristianos están siendo martirizados por su Fe. Es mucho más común de lo que crees.
Habla de Dios a los demás, defiende tu Fe. Cuando superas tus miedos, tu carácter se desarrolla y tu Fe también lo hace.
Reflexiona sobre esto:
- ¿Has sido animado al ver a otros permanecer firmes por su fe en Cristo?
- ¿Has notado que tu carácter crece al defender los caminos de Dios?
- ¿Qué estás dispuesto a hacer para ser fiel a tu fe?
Hay una diferencia entre saber y aprender.
Por Rick Warren.
17 de noviembre de 2020.
“Oh Belsasar, usted es el sucesor del rey y sabía todo esto, pero aun así no se ha humillado.” Daniel 5:22 (NTV)
Dios no te enseñará algo nuevo hasta que hayas puesto en práctica lo que ya te enseñó.
Dios no está en el negocio de simplemente satisfacer tu curiosidad. Él te dice algo y espera que actúes al respecto. Una vez que lo pongas en práctica, puedes avanzar al siguiente paso.
Ya ves, Dios quiere que apliques la verdad que has aprendido.
Y no has aprendido algo hasta que lo hayas hecho.
No es suficiente decirle a la gente que crees en la Biblia. Debes hacer lo que la Biblia enseña.
Si no haces lo que la Biblia enseña, realmente no crees en ella.
Eso es lo que vemos en la historia de Belsasar en el libro de Daniel. Perdió todo porque no puso en práctica lo que ya había aprendido.
Se negó con orgullo a aprender las lecciones que Dios le había enseñado a su abuelo. Su imperio cayó por eso.
La Biblia registra a Daniel diciéndole: “Oh Belsasar, usted es el sucesor del rey y sabía todo esto, pero aun así no se ha humillado” (Daniel 5:22 NTV).
Belsasar vio a Nabucodonosor literalmente perder la cabeza por siete años debido al orgullo. Vio todos los errores que su abuelo cometió. Vio a su abuelo regresar y corregir esas cosas. Él vio lo bueno y lo malo en la vida de Nabucodonosor, y eligió ignorar a Dios. Belsasar eligió ignorar las lecciones.
Entonces Dios le quitó su reino.
Belsasar lo sabía, pero no aprendió. Necesitamos entender la diferencia entre saber y aprender. Puedes saber muchas cosas, pero si no actúas con ellas, no has aprendido nada. Dios quiere que seamos hacedores de la Palabra, y eso significa que nos apoyará a medida que avanzamos en la fe, aplicando las cosas que nos enseñó a hacer.
Hablar de ello
- ¿Cómo te ha enseñado Dios algo nuevo inmediatamente después de haber aplicado lo último que te enseñó?
- ¿Hay algo que Dios te haya enseñado que aún no has puesto en práctica? Si es así, ¿estás dispuesto a dar ese paso para que puedas seguir creciendo?
- ¿Cómo se ha fortalecido tu fe al ver a otros cristianos aplicar las verdades que Dios les ha enseñado?
El miedo crece cuando nos rehusamos a hacer lo que Dios quiere que hagamos.
Por Rick Warren.
16 de noviembre de 2020.
“Y ahora, oh Señor, escucha sus amenazas y danos a nosotros, tus siervos, mucho valor al predicar tu palabra.” Hechos 4:29 (NTV)
Todos tenemos temores y a menudo dejamos que controlen nuestras vidas y nos impiden tomar una postura firme ante lo que sabemos que Dios quiere que hagamos.
Como Daniel frente al foso de los leones, enfrentamos personas y situaciones que amenazan con destruirnos, así como el testimonio de Cristo en nuestras vidas. Pero la elección es nuestra.
¿Sucumbiremos a nuestros temores o tomaremos una postura firme ante Dios a pesar de esos temores?
Si quieres vencer el miedo que te está abatiendo, necesitas entender claramente los beneficios de tomar una postura a favor de Dios.
Más importante, necesitas ver que hacer lo que Dios quiere que hagas es una clara victoria en tu vida para vencer el temor.
Porque el miedo crece. Cada vez que sucumbes ante el temor, este se vuelve más intenso.
El miedo crece cada vez que te niegas a hacer lo que Dios quiere hagas. Eventualmente, te sentirás arrinconado.
Y cuando crece el miedo, tu vida se encoge.
Así que ¿qué haces?
Seguir el ejemplo de los primeros cristianos. Ciertamente no somos la primera generación de creyentes que enfrenta el miedo. Los primeros cristianos sufrieron toda clase de persecuciones. El libro de Hechos nos muestra un poco de cómo fue su postura ante el temor. Como Pedro y Juan proclamaron a Jesús con valentía en Hechos 4, enfrentándose a la oposición.
Así que oraron, “Y ahora, oh Señor, escucha sus amenazas y danos a nosotros, tus siervos, mucho valor al predicar tu palabra” (Hechos 4:29 NTV).
La respuesta a tu temor no es sucumbir ante él. Es seguir avanzando con valentía a pesar de él. Te alzas contra el temor. El temor no responde a la lógica, así que la única oportunidad que tienes para deshacerte de él es confiar en Dios y enfrentar el temor.
Nunca olvides esto. Dios nunca abrirá las aguas del Rio Jordán frente a ti hasta que tú des el primer paso (lee como Dios hizo esto por Elías y Eliseo en 2 Reyes 2:8). Tú tomas el paso de fe y Dios te muestra el camino. Eso no sucederá si tú te quedas envuelto en tu temor.
Toma un paso de fe el día de hoy y observa cómo se desmorona el temor en el proceso mientras Dios guía tus pasos.
Reflexiona:
- ¿Cómo has visto crecer el temor en tu vida porque te has rendido ante él?
- ¿Cómo has visto al temor disminuir en tu vida porque has tomado una postura firme para con Dios?
- ¿Qué temores son los que encuentras más difíciles de superar en tu vida cotidiana? ¿Por qué? ¿Cómo puedes entregárselos a Dios?
Cada tormenta es una prueba, cada prueba es un maestro.
Por Rick Warren
15 de noviembre de 2020.
“Nuestras dificultades actuales son pequeñas y no durarán mucho tiempo. Sin embargo, ¡nos producen una gloria que durará para siempre y que es de mucho más peso que las dificultades.” 2 Corintios 4:17 (NTV)
Cuando en la vida pasamos por dificultades, la primera cosa que intentamos hacer es culpar a alguien más. Pero no importa de donde venga tu problema –Dios todavía tiene un propósito en tu vida. Aun cuando actúas estúpidamente, Dios puede usarlo. Aun cuando otras personas te lastiman intencionalmente, Él puede usarlo. Aun cuando el diablo planea cosas malas para tu vida, Dios puede sacar un bien de eso.
El propósito de Dios es más grande que tus problemas y tu dolor. ¡Él tiene un plan! Necesitas dejar de ver el dolor temporal y ver el beneficio a largo plazo en tu vida.
Romanos 5:3-4 dice, “Pero hay más, podemos sentirnos felices aun cuando tenemos sufrimientos porque los sufrimientos nos enseñan a ser pacientes. Si tenemos paciencia, nuestro carácter se fortalece y con un carácter así, nuestra esperanza aumenta” (PDT).
¿Cuál es el propósito de tus problemas y dificultades? Dios quiere que aprendas algo. Cada tormenta es una escuela. Cada prueba es un maestro. Cada experiencia es una educación. Cada dificultad es para tu desarrollo.
La mayoría de nosotros somos lentos para aprender. Si no aprendes algo, Dios lo volverá a traer a tu vida. Regresa, porque Dios está más interesado en tu carácter que en tu comodidad. Él está más interesado en verte convertido más como Cristo que en facilitarte las cosas.
Tal vez estás enfrentando una gran dificultad justo ahora. Puede ser una enfermedad o culpa o problema financiero, o tensión en una relación. ¿Dios tiene una palabra para ti mientras estás pasando por tu dificultad? Absolutamente. Dios te está diciendo: “No te rindas. Crece”. Cumple el propósito de tu dificultad siendo más y más la persona que Él diseñó que fueras.
“Las dificultades que tenemos son pequeñas, y no van a durar siempre. Pero, gracias a ellas, Dios nos llenará de la gloria que dura para siempre: una gloria grande y maravillosa.” (2 corintios 4:17 TLA).
Para dar frutos, conectate.
Por el pastor Rick Warren.
14 de noviembre de 2020.
“Permanezcan en mí, y yo permaneceré en ustedes. Pues una rama no puede producir fruto si la cortan de la vid, y ustedes tampoco pueden ser fructíferos a menos que permanezcan en mí.” (Juan 15:4 (NTV)
Justo antes de ir a la cruz, Jesús dio las instrucciones de último minuto a sus seguidores: “Permanezcan en mí, y yo permaneceré en ustedes. Pues una rama no puede producir fruto si la cortan de la vid, y ustedes tampoco pueden ser fructíferos a menos que permanezcan en mí” (Juan 15:4 NTV).
Jesús dice que estar conectado espiritualmente es como estar ligado a una vid. No vas a tener fruto ni productividad alguna en tu vida si andas por tu propia cuenta. Tienes que estar conectado.
En las plantas, una rama desgajada no puede producir fruto. No sólo careces de apoyo y empiezas a marchitarte y morir, sino también no vas a tener productividad alguna en tu vida si no estás espiritualmente conectado.
Cada primavera planto muchas verduras y frutas. Si corto una rama, esa rama no va a producir tomates ni nada más. Tiene que estar conectada para producir frutos.
¿Qué tipo de frutos deberías producir cuando estás conectado al cuerpo de Cristo? “el fruto del Espíritu es amor, alegría, paz, paciencia, amabilidad, bondad, fidelidad, humildad y dominio propio” (Gálatas 5:22-23a NVI).
No sé tú, pero a mí me gustaría ser más amoroso. Me gustaría ser más alegre y gozoso. Me gustaría estar más en paz, independientemente del curso de la economía. Me gustaría ser más amable con las personas que no me tratan bien. Me gustaría ser una persona buena. Quiero ser fiel, no infiel. Quiero guardar y cumplir mis promesas. Me gustaría ser gentil y humilde con las personas que no lo son. Y me gustaría tener más dominio propio.
Esto es llamado el fruto del Espíritu, y es la evidencia de que tú estás conectado espiritualmente. Si no estás viendo que creces en cualquiera de esas áreas, ¿sabes qué? Significa que no estás conectado espiritualmente.
Él está diciendo que esto es tan importante que no sólo necesitas apoyo como una construcción, y no sólo necesitas la sangre que da vida como en un cuerpo; está diciendo que no vas a tener frutos o productividad alguna en tu vida si estás por tu propia cuenta. Tienes que mantenerte conectado. ¡Y la buena noticia es que Dios quiere que estés conectado! ¡Dios está de tu lado!
Hablar de ello
- ¿Cuál es la evidencia de que tu vida está produciendo frutos?
- ¿En cuáles “frutos” necesitas crecer? ¿Cómo lo vas a conseguir?
- ¿Qué beneficios has visto en tu propia vida al estar conectado con el cuerpo de Cristo?
La meta de Dios es desarrollar tu carácter, no tu comodidad.
Por pastor Rick Warren.
13 de noviembre de 2020
“Ya no vivan ni se conduzcan como antes, cuando los malos deseos dirigían su manera de vivir. Ustedes deben cambiar completamente su manera de pensar, y ser honestos y santos de verdad, como corresponde a personas que Dios ha vuelto a crear, para ser como él”. Efesios 4:22-24 (TLA)
Muchas religiones y filosofías de la Nueva Era, promueven la vieja mentira de que somos divinos o que podemos llegar a ser dioses. Déjame ser absolutamente claro: tú nunca serás Dios, ni siquiera un dios pequeño.
Esta mentira llena de orgullo es la tentación más vieja que Satanás ha usado. Satanás prometió a Adán y a Eva que, si ellos seguían su consejo, “serán como Dios” Génesis 3:5 (NTV)
Este deseo de ser un dios aparece cada momento que tratamos de controlar las circunstancias, nuestro futuro y a la gente que nos rodea. Pero como hemos sido creados, nunca seremos el Creador. Dios no quiere que te conviertas en un dios; Él quiere que seas santo, procurando Sus valores, Sus actitudes y Su carácter. Esta es la intención de Dios con nosotros: “Ya no vivan ni se conduzcan como antes, cuando los malos deseos dirigían su manera de vivir. Ustedes deben cambiar completamente su manera de pensar, y ser honestos y santos de verdad, como corresponde a personas que Dios ha vuelto a crear, para ser como él” Efesios 4:22-24 (TLA).
El objetivo final de Dios para tu vida en la tierra no es la comodidad; sino el desarrollo del carácter. Él quiere que crezcas espiritualmente y que llegues a ser como Cristo. El ser como Cristo no significa perder tu personalidad o convertirte en un “clon” (una imitación) sin una mente propia.
Dios te ha creado como un ser único, y en definitiva Él no quiere destruir esto. Para ser semejante a Cristo es asunto de transformar tu carácter no tu personalidad.
Cada vez que olvides que el carácter es uno de los propósitos de Dios para tu vida, te sentirás frustrado por tus circunstancias. Te preguntarás, ¿Por qué me está pasando esto a mí? ¡Una respuesta es que la vida se supone que sea difícil! Y esto es lo que nos ayuda a crecer. Recuerda, la tierra no es el cielo.
Muchos cristianos interpretan mal la promesa de Jesús, “una vida plena y abundante” en Juan 10:10 (NTV), al interpretarla como perfecta salud, un estilo de vida confortable, felicidad constante, la realización de tus sueños y alivio inmediato de problemas a través de la fe y la oración.
En una palabra, ellos esperan que la vida cristiana sea fácil. Ellos esperan el cielo en la tierra.
Esta perspectiva egocéntrica trata a Dios como a un genio quien simplemente existe para servirte en tu búsqueda egoísta de tu realización personal. Pero Dios no es tu siervo y si muerdes el anzuelo de que la vida es fácil, te convertirás en un ser severamente desilusionado o vivirás en un mundo irreal.
¡Nunca olvides que la vida no gira a tu alrededor! Tú existes para el propósito de Dios, no viceversa. ¿Por qué Dios proveerá el cielo en la tierra cuando el real está en la eternidad? Dios nos da un tiempo en la tierra para formar y fortalecer nuestro carácter para el cielo.
Reflexiona sobre esto:
- A la luz de la forma como el mundo está cambiando, muchas veces no para mejor, ¿De qué manera te anima este devocional?
- ¿Qué versículos de la Escritura vas a memorizar para ayudarte cuando enfrentes desaliento o circunstancias difíciles?
- ¿Qué esperas de Dios? ¿De dónde viene la motivación para esas
- expectativas?
Solo la Gracia de Dios nos puede hacer humildes.
11 de noviembre de 2020.
Cuando llegó a Simón Pedro, este le dijo: Señor, ¿tú me lavarás los pies? Respondió Jesús y le dijo: Lo que yo hago, tú no lo comprendes ahora, pero lo entenderás después. Pedro le dijo: No me lavarás los pies jamás. Juan 13.6–8
La verdadera humildad es difícil de describir. Tiene que ver con un concepto justo de uno mismo. No consiste solamente en esto, sin embargo, es producto de un mover del Espíritu de Dios, y como tal retiene ciertos rasgos misteriosos. Lo que sí podemos afirmar es que hay aparentes actitudes de humildad que no son más que la manifestación de un orgullo disfrazado.
Quizás por esta razón el gran escritor Robert Murray M. Cheyne exclamó: “Oh, quien me diera el poseer verdadera humildad, no fingida. Tengo razones para ser humilde. Sin embargo, no conozco ni la mitad de ellas. Sé que soy orgulloso; sin embargo ¡no conozco ni la mitad de mi orgullo!”
No hay duda que los discípulos se sintieron completamente descolocados por la acción de Cristo al lavar sus pies. Esta era una labor que debería haber realizado el siervo de la casa. ¿Cómo no se les ocurrió a alguno de ellos hacerlo? Seguramente más de uno se sintió avergonzado por su propia falta de sensibilidad.
Solamente Pedro se atrevió a decir algo: “No me lavarás los pies jamás”, y creemos oír en sus palabras una genuina actitud de humildad. Pero meditemos un poco sobre esta actitud. ¿Qué clase de humildad es esta, que le prohíbe al Hijo de Dios hacer lo que se ha propuesto hacer? La falta de discernimiento en las palabras del discípulo son tiernamente corregidas por el Maestro. Al entender lo que le está diciendo, Pedro se va al otro extremo: “Señor, no sólo los pies, sino también las manos y la cabeza.”
¿Observamos lo que acaba de ocurrir? Una vez más, Pedro le está dando instrucciones a Jesús acerca de la forma correcta de hacer las cosas. ¡Esto sí que es orgullo! Sin embargo, a primera vista creíamos estar frente a una persona realmente sumisa y humilde.
Lo sutil de esta situación debe servirnos como advertencia. La humildad es más difícil de practicar de lo que parece. Nuestro propio esfuerzo hacia la humildad es limitado por el constante engaño de nuestro corazón. Aun las actitudes que aparentemente son espirituales pueden tener su buena cuota de orgullo. Por esto, necesitamos que Dios la produzca y manifieste en nuestras vidas.
La escena de hoy nos deja en claro una simple lección: necesitamos desesperadamente que el Señor trabaje en lo más profundo de nuestro ser, para traer a luz todo aquello que le deshonra. Debemos tener la certeza que el orgullo será un enemigo al acecho permanente de nuestras vidas. ¡Por cuánta misericordia debemos clamar cada día!
Medite en la sabiduría de esta observación: “El verdadero camino a la humildad no es achicarte hasta que seas más pequeño que tu mismo; es colocarte, según tu verdadera estatura, al lado de alguien de mayor estatura que la tuya, para que compruebes ¡la verdadera pequeñez de tu grandeza!» Felipe Brooks.
Servir y amar sin preferencias.
10 de noviembre de 2020.
Luego puso agua en una vasija y comenzó a lavar los pies de los discípulos y a secarlos con la toalla con que estaba ceñido. Juan 13.5
Quizás en algún momento de tu vida te has sentido avergonzado por algún acto de servicio por parte de alguna persona cercana a ti. Te has sentido avergonzado porque considerabas que no eras digno de lo que estaba recibiendo. Si este es tu caso, podrás entender cómo se habrán sentido los discípulos en el momento en que Jesús se inclinó y comenzó a lavarles los pies. Imagina lo incómodos que se habrán sentido al ver al Maestro realizando un servicio que normalmente estaba en manos del más despreciado miembro de la casa, el sirviente. Una vez más, Cristo los descolocaba con comportamientos absolutamente diferentes a los parámetros conocidos en la época.
No es en este acto, sin embargo, que me quiero detener. La reflexión de hoy gira alrededor de algo que está implícito en el texto. Cristo ya sabía quién era el que lo iba a traicionar. Sin embargo, al lavarle los pies a los discípulos, Juan no nos dice que evitó a Judas. Con el mismo cariño y la misma ternura, le lavó los pies a cada uno de sus discípulos, incluyendo al que lo iba a traicionar.
Es en este gesto que vemos la más profunda expresión del amor del Hijo de Dios. Nos cuesta amar y servir a las personas que no nos caen bien. Amar y servir a los que nos hacen mal, es una sublime expresión del poder que tiene la Gracia de Dios para derretir sentimientos de rencor o amargura hacia nuestros enemigos.
En este gesto Cristo ilustraba los parámetros establecidos por la Palabra de Dios para toda manifestación de amor. Él mismo había enseñado “Amad a vuestros enemigos, bendecid a los que os maldicen, haced bien a los que os odian y orad por los que os ultrajan y os persiguen, para que seáis hijos de vuestro Padre que está en los cielos, que hace salir su sol sobre malos y buenos y llover sobre justos e injustos” (Mt 5.44–45). Su acto de servicio revela la verdadera dimensión del compromiso con las personas que estaba formando.
Existe entonces, en esta escena, un principio importante para nuestras vidas como creyentes. En la mayoría de las congregaciones siempre hay un grupo de personas a las que no caemos bien y existen diferencias entre hermanos. Una de las mejores maneras de asegurarnos que sus actitudes no produzcan profundos sentimientos de amargura en nosotros es escogiendo el camino del amor, expresado en gestos de servicio hacia ellos. Es posible que nuestro servicio no modifique sus actitudes. No obstante, una cosa es segura, será imposible para nosotros seguir albergando en nuestros corazones sentimientos de odio o rencor hacia estas personas. El servicio que realizamos irá purificando nuestro espíritu y limpiando toda impureza, para que pueda habitar plenamente en nosotros el amor de Dios. Bendice a los que te hacen mal, y observa cómo la Gracia de Dios se manifiesta poderosamente en tu propia vida.
“Así que, si tu enemigo tiene hambre, dale de comer; si tiene sed, dale de beber, pues haciendo esto, harás que le arda la cara de vergüenza” (Ro 12.21).
Sin esperar nada a cambio.
9 de noviembre de 2020.
Y cuando cenaban, como el diablo ya había puesto en el corazón de Judas Iscariote hijo de Simón que lo entregara, sabiendo Jesús que el Padre le había dado todas las cosas en las manos, y que había salido de Dios y a Dios iba, se levantó de la cena, se quitó su manto y, tomando una toalla, se la ciñó. Juan 13.2–4
Uno de los elementos que frecuentemente entorpece nuestro deseo de servir a otros, es nuestra tendencia natural a buscar algún beneficio personal en lo que hacemos por los demás. Por supuesto, ninguno de nosotros reconocería abiertamente la existencia de esta inclinación en nuestra vida. Quisiéramos creer que nuestro servicio es completamente desinteresado. Sin embargo, si permitimos que el Espíritu Santo escudriñe con más cuidado nuestro corazón, probablemente salgan a la luz ciertos intereses personales que nos sorprenderán.
En este relato de esta singular experiencia en la vida de los discípulos, Juan ya nos ha hecho notar algunas de las realidades espirituales que rodeaban el lavamiento de pies que realizó Jesús. En este versículo, añade que Cristo sabía “que el Padre le había dado todas las cosas en las manos, y que había salido de Dios y a Dios iba.” Esta declaración es importante para el tema que hoy nos concierne.
Jesús estaba por realizar un acto de servicio con connotaciones absolutamente domésticas. Desde una perspectiva personal, no había beneficio alguno en lo que se había propuesto hacer. No solamente esto, sino que Cristo era consciente de la verdadera dimensión de su autoridad espiritual: ¡El Padre había entregado todas las cosas en sus manos! Su origen era celestial, y su destino también era celestial. No le faltaba nada, ni tenía necesidad de cosa alguna.
Sabiendo que este acto no modificaría en nada su situación personal, ni traería algún resultado dramático a su ministerio, Cristo escogió hacer suya la responsabilidad reservada para los siervos de la casa.
Es en esta decisión que encontramos la más genuina expresión de lo que significa servir. Muchas veces servimos a los que nos pueden demostrar gratitud, a los que nos pueden ayudar en nuestros proyectos, o a los que pueden añadir un poco de prestigio a nuestra vida. Rara vez, sin embargo, nos “rebajamos” a servir a aquellos que no tienen absolutamente nada que aportar a nuestra vida. Cristo escogió este camino, y en su ejemplo está parte del secreto de su Grandeza. El servicio que verdaderamente impacta es aquel donde dejamos de lado el prestigio y la autoridad de nuestra posición, y servimos simplemente por el gozo de servir.
Oswald Chambers escribe: “El servicio es la manifestación visible de una superabundante devoción hacia Dios.” Solamente podemos movernos correctamente en el servicio cuando es una expresión de la intensidad de nuestra relación con el Señor.
Amando en todo tiempo y sin medida.
8 de noviembre de 2020.
Antes de la fiesta de la Pascua, sabiendo Jesús que su hora había llegado para que pasara de este mundo al Padre, como había amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el fin. Juan 13.1
¿Nunca te has sentido cansado/a de amar a otra persona? Muchas veces escucho a personas que dicen: “Yo ya amé demasiado a esa persona, siempre soy yo quien tiene que acercarme a ella y ella nunca se interesa por mi.” ¿De verdad podemos llegar a pensar y afirmar que hemos amado demasiado a otra persona? ¿Existe alguna medida que, una vez superada, nos permite afirmar que nosotros ya hemos superado el nivel de amor requerido de un creyente? ¿Quién establece este nivel?
Cuando hacemos este tipo de afirmaciones, lo que estamos queriendo señalar es que hemos hecho muchas cosas en favor de la otra persona, pero hemos cosechado muy poco resultado de nuestra inversión. Por supuesto, que la otra persona quizás también piense que ha hecho mucho y ha recibido muy poco a cambio de todo lo que ha hecho.
Juan nos dice que Cristo, habiendo amado a los suyos, “los amó hasta el fin”. Qué contundente suena semejante afirmación. ¡Que escaso y pobre parece nuestro propio esfuerzo a la luz de esta declaración! Jesús ciertamente no cosechó ni una décima parte del fruto que tendría que haber cosechado según la inversión que había hecho. Seguramente Él podría haber dicho que había amado demasiado a los suyos. Sin embargo, a pocas horas de morir, lo encontramos dedicado, con la misma consideración de siempre, a bendecir a sus discípulos.
La verdad es que Cristo no medía el nivel de su inversión por el beneficio que recibía. Sus parámetros eran otros, y no dependían de la desigualdad que pudiera haber entre su propio esfuerzo y el de sus discípulos. El parámetro de lo que era correcto lo establecía el pacto que había hecho con el Padre. Este pacto descansaba sobre la distancia que estaba dispuesto a recorrer por los demás, una distancia que llegaba hasta la muerte misma. Su compromiso, por lo tanto, no dependía ni del reconocimiento, ni de la recompensa, ni de la respuesta de los que estaban a su alrededor. Era un compromiso unilateral, cuya medida había sido acordada con el Padre mismo.
He aquí, entonces, la verdadera dimensión del amor. No es un sentimiento, sino un compromiso. Un compromiso que está más allá del comportamiento de la otra persona o de las circunstancias en las que nos encontramos. Es un pacto que depende enteramente de nosotros mismos, y que nos debe llevar a un amor que no cesa nunca. Cristo mismo ilustra dramáticamente esta verdad cuando, colgado de la cruz, intercede por los que lo persiguen y pide misericordia por ellos.
Como creyente, necesitamos establecer esta clase de pacto con las personas. De no hacerlo, vamos a desistir de amarlos cada vez que nos desilusionan, lastiman o traicionan. Nuestro compromiso no puede depender de ellos, sino del Dios al cual hemos hecho nuestro voto de fidelidad. ¡Solamente Él nos podrá mantener firme en nuestro compromiso!
El amor no busca lo suyo.
7 de noviembre de 2020.
Antes de la fiesta de la Pascua, sabiendo Jesús que su hora había llegado para que pasara de este mundo al Padre, como había amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el fin. Juan 13.1
¿Te has cruzado con personas que están pasando una gran tribulación personal? Son muy pocas las que poseen la capacidad de abstraerse de sí mismos, de no monopolizar la conversación para contar lo que les está pasando o encerrarse en una profunda indiferencia hacia los demás. No así con el Hijo del Hombre.
La agonía de la crucifixión no era desconocida para Cristo, aunque aún no había transitado por ese camino. Pero los Romanos habían introducido el cruel método de ejecución muchos años antes de que el Hijo de Dios caminara por esta tierra. Hemos de suponer, entonces, que Jesús había visto, en más de una ocasión, a los reos colgados de maderos en las inmediaciones de las ciudades de Israel. La verdadera magnitud de la prueba que lo esperaba, sin embargo, parecía haberse manifestado en toda su intensidad en la agónica lucha que se libró en Getsemaní. Allí, el Mesías confesó a sus más íntimos que se sentía angustiado hasta el punto de la muerte.
¿Cómo no dedicar, entonces, las horas y los días previos a esta titánica prueba para fortalecer el espíritu y concentrar los recursos espirituales? Si en algún momento alguna persona tuvo derecho a centrarse en sí mismo frente a una inminente crisis, esa persona fue Jesús. Hubiéramos entendido que, frente a semejante prueba, se hubiera mostrado distraído o melancólico.
Juan, sin embargo, nos hace notar que el evento que está por describir ocurre con el pleno conocimiento, por parte de Cristo, de que su hora había llegado para pasar de este mundo, al Padre. Y ese paso le llevaría, irremediablemente, por la cruz. En este momento crucial de su vida, Cristo continuó pensando en sus discípulos, y no permitió que sus luchas personales lo distrajeran del compromiso de amarlos en todo momento y en toda circunstancia.
La lección que nos deja su ejemplo es clara: El verdadero amor no conoce situaciones personales que lo libra de la responsabilidad de expresarse en forma práctica en la vida de los que están a su alrededor. Todos hemos conocido situaciones donde una persona hospitalizada, con una enfermedad incurable, anima y bendice a los que la visitan para reconfortarla. Su ejemplo nos habla de una vocación que no conoce festivos, ni vacaciones, ni tampoco circunstancias en las cuales es lícito dejar de amar.
Esta vocación no es lo mismo que la esclavitud al servicio, tal como la que mostró Marta cuando el Mesías la visitó en su casa (Lucas 10). Esta es otra cosa enteramente diferente. El que ama de verdad, sin embargo, ama en toda circunstancia, aun en medio de profundas pruebas personales.
“El amor nunca deja de ser; pero las profecías se acabarán, cesarán las lenguas y el conocimiento se acabará” (1 Co 13.8).
Dimensiones de la libertad.
6 de noviembre de 2020.
Cuando se hizo de día, salió y se fue a un lugar solitario; y las multitudes lo buscaban, y llegaron adonde él estaba y procuraron detenerle para que no se separara de ellos. Lucas 4.42 (LBLA)
La escena que describe el texto de hoy se produce luego de una intensa noche de ministerio, en la que Cristo sanó a muchos enfermos y expulsó una sucesión de demonios en las personas que acudían a Él. Según su costumbre, el Hijo de Dios se retiró a un lugar solitario en busca de mayor intimidad con el Padre. Las multitudes, no obstante, no tardaron en ubicarlo y procuraban detenerle para que no se separara de ellos.
La reacción de ellos revela cuán intenso es en nosotros el deseo de “asirnos de Dios” para que no se aleje de nuestro proyecto de vida. Este deseo no es, sin embargo, producto de la obra soberana del Espíritu. Más bien responde a la tendencia arraigada de buscar la forma de controlar a Dios para nuestro propio beneficio. La misma actitud que utilizamos para asegurar nuestras relaciones con los demás, también empaña la experiencia espiritual con el Señor. No dudamos en recurrir al medio que sea necesario para lograr este único fin, retener a Dios para que colabore y bendiga los diversos aspectos de nuestra vida personal.
Los que hemos nacido de nuevo debemos entender que la libertad constituye la única base para una relación profunda con el Señor. Avanzar hacia la madurez significa descubrir el significado de las palabras de Cristo a Nicodemo: “El viento sopla de donde quiere, y oyes su sonido, pero no sabes de dónde viene ni a dónde va. Así es todo aquel que nace del Espíritu” (Juan 3.8). Así como no tenemos la capacidad de generar o controlar el viento, tampoco a Dios podemos detenerlo, retenerlo o “redireccionarlo” hacia el lugar que deseamos. No podemos imponer sobre Él ninguna condición, ni proyectar sobre su Persona nuestras expectativas. Más bien nos invita a construir una relación donde Él disfruta de la misma libertad con la que nos ha creado a nosotros.
La razón por la cual este camino de libertad muchas veces nos resulta difícil es sencilla, somos personas que vivimos en un mundo que está lleno de sufrimiento y dolor. En más de una ocasión hemos sido lastimados en nuestras relaciones con los demás. Por esto, creemos que la mejor manera de evitar nuevas desilusiones es ejerciendo control sobre nuestras circunstancias y sobre aquellos que son parte de nuestra vida cotidiana. El objetivo es lograr que todo se acomode a lo que consideramos beneficioso para nosotros mismos. No obstante seguimos cosechando angustias y tristezas. La verdad es que aun nuestras más elaboradas estrategias para controlar todo no pueden prosperar, porque estamos intentando ejercer autoridad sobre aquello que no nos está permitido.
Cristo nos invita a transitar su camino, sin intentar acomodar al mundo y a Dios a nuestro antojo. Es nuestro actuar lo que requiere una actitud que parece de riesgo: la entrega. Cuando nuestros esfuerzos dejan de existir, Dios encuentra los espacios para comenzar a producir esa transformación que nos permite estar en paz con un mundo diferente al que quisiéramos.
Enseñando con coherencia
5 de noviembre de 2020.
Entonces habló Jesús a la gente y a sus discípulos, diciendo: En la cátedra de Moisés se sientan los escribas y los fariseos. Así que, todo lo que os digan que guardéis, guardadlo y hacedlo; pero no hagáis conforme a sus obras, porque dicen, pero no hacen. Mateo 23.1–3
No hay duda de que los fariseos y los escribas eran personas indignas de ocupar un lugar de influencia dentro de la sociedad judía. Sin embargo, Cristo no atacó su posición de liderazgo. Reconoció que se habían sentado en la cátedra de Moisés y que ocupaban, por lo tanto, un lugar de privilegio. En lugar de cuestionar el lugar donde estaban ubicados, Cristo cuestionó el uso que estaban haciendo de esa posición de responsabilidad.
El hecho es que todo maestro, educador, mentor, padre, madre va a ser juzgado, sea o no digno del puesto que ocupa. Por esta razón, Santiago advertía “no os hagáis maestros muchos de vosotros, sabiendo que recibiremos mayor condenación” (Santiago 3.1). La principal objeción que el Hijo de Dios hacía en cuanto a los fariseos era que su enseñanza era contradictoria, pues decían una cosa y hacían algo totalmente diferente.
Este es uno de los problemas más comunes que pueden sufrir aquellos que están puestos para enseñar y educar. Su enseñanza es teórica y no impacta. La falta de impacto no tiene que ver con el hecho de que su instrucción es errada. Muchas veces lo que comparten estas personas es exacto, bueno y acertado. Pero la abundancia de sus enseñanzas no produce cambios en los que los escuchan, porque no están respaldadas por una vida que ejemplifica esas verdades.
Cuando Cristo terminó de predicar el Sermón del Monte, las multitudes se maravillaban porque “enseñaba como quien tiene autoridad y no como los escribas” (Mateo 7.29). El impacto de sus enseñanzas, sin duda, tenía que ver con el hecho de que no había distancia entre lo que el Mesías enseñaba y lo que vivía. Su testimonio personal respaldaba los dichos de su boca.
Esto no quiere decir que debemos ser perfectos. Estamos en el proceso de madurar y crecer a su imagen. Pero sí debe haber, de nuestra parte, un compromiso serio de practicar aquello que pretendemos que otros practiquen. Este compromiso es lo que muchas veces le quita la dureza a nuestras enseñanzas. El que lucha todos los días por vivir lo que enseña, puede ser tierno y compasivo con los demás, porque se da cuenta que la vida no es tan fácil como parece.
En su libro Las siete leyes del maestro, el Dr. Howard Hendricks escribe: “Si usted deja de crecer hoy, deja de enseñar mañana. Ni la personalidad, ni la metodología pueden reemplazar este principio. Usted no puede enseñar desde el vacío. No puede compartir lo que no posee… La enseñanza efectiva viene a través de personas transformadas. Cuanto más transformado, más efectivo como maestro”
El proceso de la enseñanza.
4 de noviembre de 2020.
Cuando se quedó solo, sus seguidores junto con los doce, le preguntaban sobre las parábolas. Marcos 4.10 (LBLA)
¿Has pensado alguna vez en cuántas veces se repite en los evangelios esta escena? Jesús enseñaba a las multitudes. Los discípulos, quienes estaban entre los espectadores, recibían también la enseñanza del Maestro, pero no siempre entendían cuál era el sentido de lo que habían escuchado. Entonces, esperando el momento para estar a solas, se le acercaban y le pedían una aclaración, una explicación, o le compartían sus dudas.
De esta escena, repetida tantas veces a lo largo de los tres años que compartió con ellos, se desprenden dos importantes principios. En primer lugar, no debes dar por sentado que lo que ha sido claro para ti, en el razonamiento y las explicaciones que has compartido, es también de esta manera para quienes lo ha oído. Cada persona escucha y analiza lo que se le dice a través de su propia cultura personal. Por otro lado, en el proceso de comunicación, siempre se pierde algo. De manera que aquella idea que te parecía tan fácil y sencilla a ti, puede haber llegado en forma confusa y compleja a los que te escuchaban. No asumas que lo que estás intentando enseñar, aconsejar o comunicar es claro para todos sus oyentes.
En segundo lugar, es importante que entendamos que la enseñanza es un proceso. La verdad se va “encarnando” en aquellos que la escuchan. A veces, la reacción inicial de quienes oyen puede incluso ser de rechazo, pero la Palabra va trabajando lentamente y echando raíces en la persona que la ha recibido. De esta forma, sería más correcto decir que la enseñanza es un proceso y no un evento. A medida que una persona tiene tiempo para meditar sobre las verdades que ha escuchado irá llegando a las conclusiones que abrirán la puerta a un verdadero cambio.
Al entender esta realidad, debemos proveer oportunidades para que aquellos que hemos intentado instruir, educar o enseñar puedan acercarse para buscar aclaraciones, hacer preguntas, o simplemente compartir de que manera han recibido lo transmitido. Esta es una parte fundamental del proceso de aprendizaje. Es más, el buen maestro o educador, entiende que esos momentos informales donde la conversación simplemente “se da” son muchas veces las ocasiones en las cuales ocurre la enseñanza que más impacta la vida de otros.
¿Dirían tus hijos, compañeros, amigos, hermanos, familiares, que eres una persona accesible? ¿Qué cosas puedes hacer para asegurarte que la gente realmente está entendiendo lo que compartes con ellos? ¿Cómo puedes crear momentos informales como los que vemos ilustrados en el pasaje de hoy?
El rostro resplandeciente.
3 de noviembre de 2020.
Después descendió Moisés del monte Sinaí con las dos tablas del Testimonio en sus manos. Al descender del monte, la piel de su rostro resplandecía por haber estado hablando con Dios, pero Moisés no lo sabía. Éxodo 34.29
¡La persona que pasa tiempo con Dios no puede evitar ser transformado! ¿Acaso algún otro pasaje ilustra mejor esta verdad? La intensidad del encuentro entre Moisés y Dios había sido tal que hasta la piel del rostro le brillaba. Nos recuerda inmediatamente a la transfiguración de Cristo, donde los discípulos vieron que “Sus vestidos se volvieron resplandecientes, muy blancos, como la nieve, tanto que ningún lavador en la tierra los puede dejar tan blancos” (Marcos 9.3). Y este brillo no era solamente el resplandor de la tela de sus vestimentas, sino el brillo producido por la presencia de algo espiritual.
Cuando leo este pasaje, pienso: ¡A cuántos nos gustaría experimentar algo similar a esto! Los que andamos en Cristo anhelamos tanto esa experiencia de cercanía al Señor, aunque sea que nos fuera concedido siquiera tocar el borde de su manto. ¿Qué se sentirá al vivir una experiencia como esta? ¿Podremos mantenernos en pie frente a semejante visitación de Dios?
Nuestra “envidia santa” de la experiencia que le fue concedida a Moisés, sin embargo, no repara en un pequeño detalle en el versículo que hoy compartimos. Es que él no sabía que le brillaba el rostro. En este detalle encontramos parte del misterio de la transformación que obra en nosotros. Esa transformación, juntamente con las experiencias espirituales que la acompañan, no son primordialmente para nuestro deleite. Muchas veces ni siquiera sabemos que Él está obrando en nuestras vidas. El objetivo de su obra es que los demás vean la gloria de Dios reflejada en nuestras vidas, no para que nosotros mostremos con orgullo nuestra madurez espiritual.
Por esta razón conviene que examinemos con cuidado las motivaciones escondidas de nuestros corazones. El apóstol Pablo anima a la iglesia de Filipo “nada hagáis por rivalidad o por vanidad” (Filipenses 2.3). La “vanagloria” es aquello que parece ser genuino, pero que en realidad no tienen valor alguno. Es el reconocimiento y los aplausos que vienen de los hombres, y no la palabra de aprobación que viene de nuestro Padre celestial. Como tal, está destinada al olvido.
Debemos procurar una vida de santidad e intimidad tal, que nuestra vida brille con Gloria de lo alto. Nuestra sola presencia testificará de la magnificencia del Dios que servimos. Pero sepamos que aunque no seamos conscientes de ese resplandor, éste no se desvanecerá. Nuestro Padre sabe cuán rápido nos enorgullecemos de lo que, en realidad, no es nuestro. Por eso le fue dada a Pablo una espina en la carne. Para que la extraordinaria grandeza fuera de Dios, y no del apóstol.
Considere el siguiente consejo de uno de los grandes santos del siglo XIX: “Piense lo menos posible en usted. Aparte con firmeza todo pensamiento que le lleve a meditar en su influencia, sus muchos logros o el número de sus seguidores. Pero sobre todas las cosas, hable lo menos posible de usted”
Luchar con Dios.
2 de noviembre de 2020.
Así se quedó Jacob solo; y luchó con él un varón hasta que rayaba el alba. Cuando el hombre vio que no podía con él, tocó en el sitio del encaje de su muslo, y se descoyuntó el muslo de Jacob mientras con él luchaba. Génesis 32.24–25
Este es uno de esos pasajes que nos resulta por demás extraño. ¿Dios envuelto toda la noche en una lucha cuerpo a cuerpo? ¿Cómo ha de explicarse tan raro evento en el relato de la historia de los patriarcas?
Creo que la historia no es tan extraña como inicialmente parece. Para entenderla, debemos recordar la vida de Jacob. Había nacido hijo de la promesa. Por él pasaba la descendencia de aquellos que iban a ser parte de esa gran nación que le había sido anunciada a Abraham. Por esto, la bendición de Dios reposaba sobre él aun desde el vientre de su madre.
Un rápido vistazo a los acontecimientos de su vida, sin embargo, nos muestran a un hombre que no dudó en echar mano de cuanto artilugio pudiera para conseguir la bendición que Dios le había prometido. Lo vemos envuelto en reiteradas situaciones donde se aprovechó de la debilidad de otros. Lo observamos haciendo trampa, mintiendo, engañando y siendo engañado. Acumuló una gran fortuna en bienes, pero se hizo de muchos enemigos en el camino, incluyendo el odio visceral de su hermano Esaú, que había jurado matarlo. No es una figura muy inspiradora.
A veces el Señor lleva años queriendo decirnos algo sin poder lograr que le prestemos atención. Su voz es la del “silbo apacible”. Pero cuando no hacemos caso, debe adoptar métodos más directos. Este es uno de esos incidentes. En forma muy gráfica Dios le muestra al patriarca lo que había sido su existencia hasta este momento: ¡una lucha sin fin por apropiarse de la bendición de Dios!
El relato nos dice que el Señor no pudo contra él. De cierto esta no era una puja por dominio físico. Dios podría haberle destruido simplemente con la palabra de su boca. Mas no era la intención del encuentro destruirlo, sino mostrarle lo arduo y cansador que había sido el camino recorrido.
En un sentido muy claro el Señor le está diciendo a Jacob: “toda la vida has estado luchando conmigo, sin darte cuenta que yo estoy de tu lado. ¿Cuándo dejarás de pelear contra mí? Quédate quieto, y déjame que te bendiga de una vez!” Lo que más deseaba el Señor era la prosperidad de Jacob, pero no por el camino que éste había escogido.
Muchas veces, como cristianos, estamos tan desesperados por asegurarnos la bendición de Dios para nuestros proyectos, que echamos mano de todo lo que se nos viene por delante. Trabajamos con una desesperación que revela que creemos que todo depende de nuestro esfuerzo. En ocasiones hasta logramos el avance deseado. Pero cuánto más fácil hubieran sido las cosas si hubiéramos aprendido a unir nuestro trabajo al brazo fuerte de Dios, en definitiva “luchar con Dios (a nuestro lado), no contra Dios (enfrentados)”
Quizás este es un buen momento para detenerte. Toma un momento para volver a poner las cosas en su lugar. Tú no estás trabajando para Dios, estás trabajando con Dios. No quieras hacerlo todo solo. Descanse más en Él, y verás los resultados.
En medio de la derrota.
1 de noviembre de 2020.
Jehová respondió a Josué: ¡Levántate! ¿Por qué te postras así sobre tu rostro? Josué 7.10
Sospecho que nuestras derrotas son mucho más serias para nosotros que para el Señor. No hemos sido preparados para vivir con el fracaso, pues nuestra cultura demanda que avancemos siempre de victoria en victoria. Cuando, ocasionalmente, experimentamos la derrota en proyectos y situaciones ministeriales, nuestra autoestima se ve afectada y fácilmente nos envuelve una nube de desánimo y pesimismo.
Los israelitas, eufóricos por el tremendo triunfo que Dios les había concedido sobre la indestructible fortaleza de Jericó, se habían lanzado confiadamente a conquistar un pueblito que no tenía ni la décima parte del tamaño de Jericó. Que rápidos somos para adueñarnos de las victorias que nos ha concedido el Señor. Intoxicados por la victoria sobre Jericó, los israelitas vieron como presa fácil el próximo objetivo militar de la conquista, el pueblo de Hai.
Bien conocemos la humillante derrota que sufrieron en ese lugar. Y la derrota nunca es tan amarga y difícil de digerir como cuando estábamos seguros de que todo iba a ser un mero trámite. Josué se sintió profundamente desilusionado, hasta traicionado. Se tiró en el suelo y exclamó con amargura: “¡Ojalá nos hubiéramos quedado al otro lado del Jordán!” (Josué 7.7).
En tiempos de derrota podemos perder mucho tiempo lamentándonos por las decisiones tomadas. No hay duda que es importante aprender de los errores cometidos. Sin embargo, todas las recriminaciones del mundo no pueden deshacer lo que ha ocurrido. Cuando estamos tumbados, debemos ponernos de pie y resolver lo más rápidamente posible la situación que nos llevó a caer. Por esta razón, el Señor le preguntó a Josué: “¿por qué te postras así sobre tu rostro?” (Josué 7.10). Lo animó a levantarse y hacer lo que tenía que hacer: limpiar al pueblo de su pecado.
Cuando caemos, el enemigo quiere que nos mantengamos allí, sintiendo lástima por nosotros mismos y renegando por la situación que vivimos. Nuestro Padre celestial, sin embargo, nos quiere otra vez en pie. Si hay cosas que confesar, confesémoslas. Si hay personas que enfrentar, enfrentémoslas. Si hay situaciones que corregir, corrijámoslas. Pero no perdamos mucho tiempo lamentándonos por los acontecimientos que nos han tocado vivir.
Richard Foster, en su excelente libro La Oración nos recuerda: “Cometemos errores- muchos de ellos-; pecamos, nos caemos, y con frecuencia, pero cada vez nos levantamos de nuevo y comenzamos otra vez… Y una vez más nuestra insolencia y obsesión con nosotros mismos nos derrota. No importa. Confesamos y comenzamos de nuevo… y de nuevo… y de nuevo.”
Sé enérgico en las situaciones donde tus sentimientos te invitan al desánimo. Tu gente necesita ver que no eres una persona que pueda ser fácilmente derrotada. No se trata de dar la apariencia de ser invencible, sino de actuar decididamente a la hora de manejar los contratiempos de esta vida. Todos pasamos por situaciones adversas. Pero los cristianos espirituales se caracterizan por no permitir que esas situaciones condicionen nuestro avance hacia las metas que el Señor nos ha trazado.
Aunque son momentos difíciles de transitar, no pierda nunca de vista que algunas de las lecciones más dramáticas e impactantes en la vida de sus seguidores vendrán cuando ellos tengan la oportunidad de observarlo en situaciones de crisis. Es allí donde aflorará lo mejor -o lo peor- que hay en su corazón.
¿Cómo actúa en situaciones de crisis? ¿Cuáles de estas reacciones contribuyen a empeorar el problema? ¿Qué cosas puede hacer para manejarse con mayor sabiduría en tiempos de crisis?
