Hola!
De aclamado a vituperado.
El calendario marca anualmente la semana Santa, días de recordatorio intencional del acontecimiento que marca el antes y después de la vida de los que aceptan a Jesús como su Salvador personal. ¡Crees, te arrepientes, aceptas y serás salvo! Por el contrario… otros escuchan del personaje histórico, no le aceptan porque no creen que es Hijo de Dios… y pierden la Bendición. Es tajante la posición: Sí o No consideras que Jesús, el Cristo, fue, es y será tu Salvador.
Recordar el antecedente de la entrada triunfal de Jesús es interesante; así nos ponemos en contexto: Juan 12. 1- 10, relata que seis días antes de la Pascua Jesús visitó a Lázaro, aquel a quien había resucitado, prepararon cena y algo de festejo, hubo curiosos, fueron muchos, no sólo les interesaba Jesús, sino ver de primera mano a Lázaro resucitado… entre tanto los principales sacerdotes se percataban que muchos judíos por causa de Lázaro creían en Jesús, así que planeaban que lo más propicio era hacer «desaparecer» tanto a Lázaro como a Jesús… en lo que la hermana de Lázaro, María ungía con perfume de nardo puro, muy caro, los pies de Jesús y los secaba con sus cabellos… otros (Judas) criticaban el «desperdicio» del perfume. Y el caso es que durante este evento se conoce que Jesús llegaba a Jerusalén, se propaga la voz, y mucha gente se agolpa que quería verle le espera, entonces a la entrada de la ciudad aquel día le reciben entre vítores, gritando Hosana: un vocablo arameo que significa sálvame o concédeme la salvación, es decir, que alababan a Dios al paso de Jesús. Al cabo de unos días todo esto se desvanece… los fariseos se decían: «- Ya veis que no conseguís nada. Mirad el mundos e va tras él.» [Juan 12. 19] ¡Había que solucionar esto de forma precisa y pronto!
Jesús entra montado sobre un pollino: símbolo de humildad… Cumple la escritura: Zacarías 9.11. Es celebrado para luego como dice Isaias (53.1; 6.10; 6.1-5), no le creen, no le entiendan, ni se convertían… para así Él sanerles. Muchos se convirtieron, sí… aún de los gobernantes, pero no lo confesaban por temor a los fariseos que los expulsaran de la sinagoga.
Luego, cambia drásticamente el panorama: Jesús lava los pies de sus díscipulos más cercanos, mostrando que ellos debían seguir su ejemplo [Juan 13. 1-19] Ya anuncia la traición de Judas, conmovido [Juan 13. 21- 28]. Judas salió de la estancia a cumplir su cometido. Jesús les va diciendo a los que quedaron lo que irá sucediendo, y les deja claro el porqué y para qué del precio que ha de pagar: «-Yo soy el camino, la verdad y la vida, nadie viene al Padre sino por mí. Si me cono cierais, también a mi Padre conocerías; y desde ahora lo conoceís y lo habeís visto.» [Juan 14. 6-7] Les promete la venida del Espíritu Santo, ora por ellos, más tarde es arretado.
Los acontecimientos se desencadenan de forma continua, los díscipulos tienen miedo, sufren y quedan desorientados: arresto, acusaciones, maltrato, vituperio al Maestro, enjuiciado por Pilatos y la gente que pide que sea crucificado… yciertamente muere [Juan 18; 19]. En un sepulcro nuevo, que estaba cerca del huerto (había que arreglarlo pronto todo por causa de la Pascua), José de Arimetea y Nicodermo le envolvieron en lienzos con especies aromáticas, según la costumbre judía, allí lo sepultaron.
El domingo, ocurre lo previsto, lo que sin embargo, nadie esperaba: la Resurreción, la victoria sobre la muerte [Juan 20]. Tumba vacía… las mujeres lo descubren… los otros temen, se asombran. Jesús se aparece a ellas y a los díscipulos en su escondite… testifica sobre su por qué y para qué.
Ten en cuenta algo importante, tú estabas incluído en la oración del Señor Jesús… no lo pierdas de vista:
«…Y por ellos yo me santifico a mí mismo, para que también ellos sean santificados en la verdad.
Mas no ruego solamente por éstos, sino también por los que han de creer en mí por la palabra de ellos,
para que todos sean uno; como tú, oh Padre, en mí, y yo en ti, que también ellos sean uno en nosotros; para que el mundo crea que tú me enviaste.
La gloria que me diste, yo les he dado, para que sean uno, así como nosotros somos uno…» (Lee detenidamente Juan 17. 13-26)


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