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Los rudimentos de la fe.
Uno de los Libros del Nuevo Testamento, que recomiendo su lectura de forma detenida y concienzuda es la Epístola a los Hebreos, por ser el más esclarecedor en cuanto quién es el Salvador, el Sumo y perfecto sacerdote, quien por un único y suficiente sacrificio santo han sido y serán justificados de pecado TODOS los que le acepten, por quien existen y se mantiene todo lo creado. Sin lugar a dudas, ya entendéis que estoy hablando de la persona de Jesucristo, unigénito Hijo del Padre. En éste Libro es explicitado todo lo que debemos conocer sobre Él. Detalla el autor para qué Dios Padre introduce en este mundo a su Hijo por amor de su nombre, y a su creación, haciéndolo hombre. Jesús, quien fue tentado pero no pecó, sufrido pero no vencido, muerto sin culpa y resucitado… ahora y siempre abogado de los hombres que le acepten y guarden la esperanza en él. Jesús consideró hermanos a sus «iguales» sin humillarse de ello, por tanto los hombres se convierten en hijos de Dios.
Hebreos 10, especialmente significativo este capítulo porque explica qué es la fe. La fe es la certeza de lo que se espera, convicción de lo que no se ve, a través de la fe es que se agrada a Dios, la fe nos permite comprender con nuestra mente finita, que el universo fue hecho por la Palabra de Dios, lo invisible hace lo visible, la fe nos facilita el buen testimonio. Y la fe nos permite poner los ojos en Jesús, autor y consumador de ésta.
Más, antes de conceptualizar la fe, en Hebreos 5 se nos advierte sobre la apostasía, el énfasis del autor nos muestra la importancia sobre no ser tardos para oír, lo que deriva en inmadurez espiritual, pues a pesar de haber conocido del Evangelio desde hace mucho tiempo, aún necesitamos, como los bebes, leche como alimento… en vez de ya tener los sentidos ejercitados en el discernimiento del bien y el mal, que es la madurez que nos permite, aunque seamos tentados, no pecar (para éstos es el alimento sólido). Y ese primer alimento son los rudimentos de la fe, digamos la base de la doctrina cristiana:
Arrepentimiento de obras muertas, – fe en Dios, – doctrina de bautismo, – imposición de manos, – resurrección de los muertos, – juicio eterno.
De manera que esos rudimentos constituyen la base del edificio de la doctrina y vida cristiana, pero el edificio lleva mucho más. Lleva un compromiso de fe, que se desarrolla hasta alcanzar buenos frutos. La similitud que el autor de Hebreos utiliza para ilustrarnos al respecto es bien sencilla: «Porque la tierra que bebe la lluvia que muchas veces cae sobre ella, y produce hierba provechosa a aquellos por los cuales es labrada, recibe bendición de Dios, pero la que produce espinos y abrojos es reprobada, está próxima a ser maldecida, y su fin es el ser quemada.» [Hebreos 6. 7-8]
Así pues, ser perezoso significa, enlentecer las acciones de servicio, el trabajo y obra de amor, lo que se traduce en no dar frutos acordes a los conocimientos de la Palabra, igual a inmadurez espiritual; es como quedarse atascado en la propia «línea de salida.»
«Pero deseamos que cada uno de vosotros muestre la misma solicitud hasta el fin, para plena certeza de la esperanza, a fin de que no os hagáis perezosos, sino imitadores de aquellos que por la fe y la paciencia heredan las promesas.»[Hebreos 6. 11-12]
La exhortación es no ser perezosos en cuanto a ser un hacedor de la Palabra, clave para alcanzar madurez espiritual y por tanto ser heredero de la promesa.

