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Dureza de corazón.
La dureza de corazón se refiere a la resistencia intencional que hacemos ante la posibilidad de recibir las riquezas de la bondad de Dios. Si crees, eres creyente; eso no condiciona que sigues a Cristo… si escuchas del Evangelio y persistes en no arrepentirte, ni poner tu vida en manos del Señor… sigues en rebeldía.
Se describen muchos «estadios» (por llamarlo de alguna manera) hasta que la persona, llega a una total rendición a Dios y es un hermano en Cristo, hijo del Padre y discípulo del Señor. Por mencionar algunos de esos «estadios,» – te hablan del Evangelio, puede que creas, pero aún dudas/ – observas un testimonio genuino y te preguntas ¿por qué y cómo?, aunque la pregunta debería ser: ¿para qué?/ – ¡una experiencia personal con Cristo y caes del caballo como sucedió al apóstol Pablo!.
El asunto central es: si tu corazón se abre ante el llamado del Señor, o… sigue en su estado de «piedra,» lo que es igual a permanecer enrolado en un orgullo, un saber humano, un resistirse a la bondad de Dios. Puede que estimes la bondad de Dios poca, algo efímero y decides que es mejor permanecer en el libre albedrío, sin atender a razones de sabiduría divina, mandamientos o amor incondicional del Creador.
No hay otra justificación para desatender la Gracia de Dios, que estar parado en » pienso, digo y hago» lo que considere oportuno en mi propio entendimiento.
Lee este pasaje de la Carta a los Romanos que Pablo escribe a la iglesia que allí se desarrollaba, no olvides, que está escribiendo a personas que estaban dentro de la Iglesia, que se supone, estaban en el Camino del Señor: «¿O menosprecias las riquezas de su benignidad, paciencia y longanimidad, ignorando que su benignidad te guía al arrepentimiento?
Pero por tu dureza y por tu corazón no arrepentido, atesoras para ti mismo ira para el día de la ira y de la revelación del justo juicio de Dios…» [Romanos 2. 4-5]
Sin siquiera tener en cuenta el resultado de provocar la ira de Dios, es mucho más sensato permanecer dentro de la bondad de Dios, adquirir el lugar prometido por Cristo en el reino de Dios. Sin embargo, hay un detalle a tener en consideración: sólo el Espíritu de Dios puede revelarte intimamente tu condición pecaminosa y ofrecer el entendimiento sobre la Gracia que traerá la salvación a tu vida, la oración sincera, es la que abre la puerta de tu corazón cuando Él te llama: «Y ahora, hermanos, os encomiendo a Dios, y a la palabra de su gracia, que tiene poder para sobreedificaros y daros herencia con todos los santificados.» [Hechos 20.32]
Por que: «He aquí, yo estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré a él, y cenaré con él, y él conmigo. Al que venciere, le daré que se siente conmigo en mi trono, así como yo he vencido, y me he sentado con mi Padre en su trono.» [Apocalipsis 3. 20-21]

