Hola!
El querer y el poder.
En muchas ocasiones deseas hacer el bien… ayudar, apoyar, cooperar en una causa justa, sin embargo «la cosa,» se queda en «- Me gustaría…, » y no llegas ni a ayudar, ni a apoyar ni a cooperar en esa causa justa. Seguramente por una serie de pretextos todo se queda en el «aire.» Nos sucede a todos, a todos.
Escribió Pablo en la carta a los Romanos: «Y yo sé que en mí, esto es, en mi carne, no mora el bien; porque el querer el bien está en mí, pero no el hacerlo.«[Romanos 7.18] Así que todo radica en que nuestra «carne,» regula nuestro hacer (por decirlo de alguna manera.) Puede que en nuestro pensamiento se desarrolle una idea de bondad, pero nuestra carne perezosa no nos acompaña en la idea… está claro: «De manera que ya no soy yo quien hace aquello, sino el pecado que mora en mí»[Romanos 7.17]
La antesala de tomar la decisión de hacer un bien, puede que esté dominada por el pecado arraigado en nuestra carne: pereza, indolencia, falta de voluntad, sacrificarse es duro, y esto queda demostrado en: «Porque no hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero, eso hago.» [Romanos 7. 19], de ahí surge la necesidad de la Ley y de los mandamientos, de manera que de forma intencional, hagamos un ejercicio de reflexión ante la posibilidad de hacer un bien, y nos dobleguemos a eso, a la Ley y Mandamientos… y no al pecado carnal que mora en nosotros, si no: «Así que, yo mismo con la mente sirvo a la ley de Dios, mas con la carne a la ley del pecado.» [Romanos 7. 25b]
El avanzar en el conocimiento e intimidad con Cristo, nuestro Señor, provoca una reestructuración en esa serie de «prioridades carnales» que nos dominan: la pereza, la falta de voluntad, la incapacidad sacrificial, y se va moldeando una aptitud para el BIEN. Poco a poco El Señor hará que la balanza carne-pecado/ espíritu-obediencia a Dios, se incline a favor de éste último, y llegará la siguiente situación: «…porque Dios es el que en vosotros produce así el querer como el hacer, por su buena voluntad.» [Filipenses 2. 13] Pablo nos vuelve a alertar de cómo es el proceso.
¿Qué objetivo se cumple cuando permitimos que la voluntad de Dios imprima nuestra vida?: «…para que seáis irreprensibles y sencillos, hijos de Dios sin mancha en medio de una generación maligna y perversa, en medio de la cual resplandecéis como luminares en el mundo.» [Filipenses 2. 15] Exacto, ser la luz que refleja a Cristo.

