lunes 27/01/2025

Hola!

Dar frutos.

Si has observado la naturaleza conocerás, que desde que se siembra una semilla, a que crece la planta y pueden verse algunos de sus productos… pueden pasar años. Este proceso nos recuerda que todo lo que va a desarrollarse lo hará según va pasando el tiempo, a veces un período dilatadísimo. Casi nada en el entorno natural se produce en un «abrir y cerrar de ojos.»

Hay algunas premisas que deben cumplirse para que esa semilla plantada un día, llegue a convertirse en una planta y de frutos. Lo primero la calidad del suelo, la calidad de la semilla, que el entorno contribuya: sol, riego, temperatura ambiental, evitar la contaminación con organismos dañinos, mantener un ph en el suelo y nutrientes acorde a las necesidades del tipo de cultivo, vigilar que no se pierdan las flores, evitar que otras plantas parásitas no tomen del suelo los nutrientes que necesita nuestra semilla, podar según necesite la planta eliminando el tejido inservible. Es un trabajo continuo para lograr la obtención de un fruto de primera calidad.

Así la semilla pasará a lo largo de su vida por etapas, un ciclo vital: 1.- germinación, 2.- emerger la raíz primaria, 3.- emergen tallos y hojas, 4.- maduración de la planta, aquí ocurre el crecimiento y desarrollo de la planta hasta alcanzar su tamaño y forma final, por lo que es capaz de producir flores y frutas, las cuales contienen semillas para en su día, ser plantadas.

Valga todo el proceso del ciclo vital de una semilla para visualizar cuanto empeño y voluntad necesitamos para dar frutos como cristianos.

. Lo primero y principal es recibir la semilla, ser un buen suelo para que ésta prolifere ¿De dónde viene la semilla? Por el oír. (Oímos de Dios y en su momento hablamos a otros de Dios, eso es evangelizar.)

«Así que la fe es por el oír, y el oír, por la palabra de Dios.» [Romanos 10.17]

. La tierra dónde cae la semilla, debe ser buena, corazón dispuesto a mejorar para llegar a ser recto.

«Mas la que cayó en buena tierra, éstos son los que con corazón bueno y recto retienen la palabra oída, y dan fruto con perseverancia.» [Lucas 8. 15]

. Hidratar y nutrir la semilla, para que germine y emerja la raíz. De manera, que adquieras discernimiento y comiences a caminar según los mandamientos, tu raíz se hará profunda, no olvides que la raíz sustenta a la planta.

«Porque la palabra de Dios es viva y eficaz, y más cortante que toda espada de dos filos; y penetra hasta partir el alma y el espíritu, las coyunturas y los tuétanos, y discierne los pensamientos y las intenciones del corazón.«[Hebreos 4. 12] y «… sabe que no sustentas tú a la raíz, sino la raíz a ti.» [Romanos 11.18 b]

. Tendrás que ser podado (tal vez alguien diga: probado, que también), para eliminar lo inservible, más aún cuando comiencen los frutos.

«… y todo aquel que lleva fruto, lo limpiará, para que lleve más fruto.» [Juan 15. 2b]

. Cuando estés listo y tus frutos comiencen a ser de buena calidad, podrás tú también «sembrar» la buena semilla.

«…enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado…» [Mateo 28. 20]

. Serás conocido por el tipo y calidad de frutos que des. El Espíritu Santo que mora en tí, desarrollará en tu vida una serie de manifestaciones en tu día a día que mostraran tu raíz, de donde provienen tus pensamientos, palabras y accionar.

«Mas el fruto del Espíritu es amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza…«[Gálatas 5. 22-23a]
«Así, todo buen árbol da buenos frutos, pero el árbol malo da frutos malos.» [Mateo 7.17]

Por todo esto, desde que recibes «la semilla» hasta que puedes manisfestar frutos del Espíritu, que transmite la imagen de Cristo en tu vida, hay una responsabilidad personal que coopera con la labor del Espíritu Santo, estudiando la Palabra, obedeciendo la Palabra, orando y adorando cada día.