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Lo que se ve/ lo que no se ve.
Filosoficamente hablando la categoría externo se refiere a lo que caracteriza la estructura visible, palpable de un objeto, lugar, proceso…o también lo que se ve de una persona. Por su parte lo interno refleja el aspecto esencial del objeto, lo cual no se conoce directamente si no a través de sus manifestaciones precisamente en lo exterior. En cuanto a los aspectos de la realidad, les denominamos: el mundo exterior e interior, es decir, lo que ocurre fuera de nosotros ya sea en la naturaleza o sociedad, mundo exterior y lo que ocurre en nuestro ser interno, mundo espiritual.
Así pues, aquello que se está procesando en el corazón-mente, es nuestro mundo interior y aquello que se exterioriza en palabras, acciones y hechos es nuestro exterior. Aclarado inicialmente estos dos conceptos hablemos sobre la importancia de ambos aspectos en el entorno cristiano, cómo lo interior puede ser probado a través de lo exterior.
El ejemplo de Abram es esclarecedor:
«Luego lo llevó afuera y le dijo: —Mira hacia el cielo y cuenta las estrellas, a ver si puedes. ¡Así de numerosa será tu descendencia! Abram creyó al Señor y el Señor se lo reconoció como justicia.» [Genésis 15. 5-6 NVI]
Abram creyó a Dios, y por ello le es acreditado = le es contado = se asienta en la cuenta a su favor, por JUSTICIA. (Tómese en cuenta que Abram aún estaba en la incircuncisión.) Por la justicia de la fe, Dios hace la promesa a Abram.
Y mas adelante es necesaria una señal externa. La primera señal externa que probaba lo interno fue la circuncisión, que representó el Pacto de Dios con Abraham, como explica Pablo en Romanos 4. 9-11 NVI: «…Hemos dicho que a Abraham se le tomó en cuenta su fe como justicia. ¿Bajo qué circunstancias sucedió esto? ¿Fue antes o después de ser circuncidado? ¡Antes y no después! Es más, cuando todavía no estaba circuncidado, recibió la señal de la circuncisión como sello de la justicia que se le había tomado en cuenta por la fe.«
Recordemos como se selló aquel pacto: » Este es el pacto que establezco contigo: Tú serás el padre de una multitud de naciones. Ya no te llamarás Abram, sino que de ahora en adelante tu nombre será Abraham, porque te he confirmado como padre de muchas naciones. Te haré tan fecundo que de ti saldrán reyes y naciones. Cumple con mi pacto, tú y toda tu descendencia, por todas las generaciones… Y este es el pacto que establezco contigo y con tu descendencia, el cual todos deberán cumplir: Todos los varones entre ustedes deberán ser circuncidados. Circuncidarán la carne de su prepucio; esa será la señal del pacto entre nosotros. Todos los varones de cada generación deberán ser circuncidados a los ocho días de nacidos…» [Genésis 17. 10-12 NVI]
Hubo una señal exterior que confirmó el pacto interior de Dios con Abraham, la circuncisión. Sin embargo, llegó el momento que cumplida la promesa (Abraham fue padre de generaciones), la Ley es sustituída por la Gracia en el Señor Jesucristo, aún Abraham sigue siendo padre de fe tanto para los incircucisos como los circuncisos, como refiere Pablo al disertar sobre qué aprovecha y qué no aprovecha si llevas la señal de la circuncisión como si no:
«La circuncisión tiene valor si observas la Ley; pero si la quebrantas, vienes a ser como un incircunciso. Por lo tanto, si los no judíos cumplen los requisitos de la Ley, ¿no se les considerará como si estuvieran circuncidados? El que no está físicamente circuncidado, pero obedece la Ley, te condenará a ti que, a pesar de tener el mandamiento escrito y la circuncisión, quebrantas la Ley. Lo exterior no hace a nadie judío ni consiste la circuncisión en una señal en el cuerpo. El verdadero judío lo es interiormente; y la circuncisión es la del corazón, la que realiza el Espíritu, no el mandamiento escrito. Al que es judío así, lo alaba Dios y no la gente.» [Romanos 2. 25-28]
Si nuestro exterior hace gala (nefasta) de un corazón incircunsizo, de nada valdría que exterioricemos una señal en el cuerpo o si enjuiciamos al que no hace lo que dice la Ley o lo que dice el mandamiento, pues nos comportariamos como el hipócrita. Si nuestro corazón lleva el sello de la circuncisión (la que realizó el Espíritu Santo), entonces seguiremos los mandamientos y nuestro interior caracterizará a nuestro exterior, es decir: nuestro hablar, actuar y hacer serán coherentes con nuestra creencia en Jesucristo, quien nos regaló la Gracia.
Lee detenidamente la Epístola de Pablo a los Romanos, y ahondarás en este aspecto.

