Lunes 13/05/2024.

Hola!

La expectativa.

Así somos los seres humanos: Vamos por delante! Nos inhunda la esperanza al realizar alguna cosa y la posibilidad de conseguir algo bueno (a nuestro gusto). Esa ilusión que antecede a casi cualquier proyecto es a lo que llamamos expectativa, una posibilidad se convierte en: – «Seguro que sí»- Aquellos que viven con mente positiva su expectativa sobre un asunto, es en la confianza que irá bien, siempre bien. Los que habitualmente ven lo negativo, su expectativa es más parecida a la des-esperanza, al pensamiento negativo, con tendencia a la depresión, aún sin acontecer nada todavía. Estar a la expectativa es estar a la espera… vigilante del resultado de algo… a la espera de un desenlace, que depende de un suceso que prevé «un final.»

Los discípulos directos de Jesús, vivieron una expectativa, primeramente positiva; ellos estaban relacionándose con el Mesías, el Salvador, el Maestro por excelencia que les mostraba las cosas del Reino de Dios, y eso les daba mucha seguridad, vivieron unos tres años junto a El, hasta el día en que se cumpliría la Escritura. Jesús debía entregar su vida literalmente, y resulta que la expectativa de los discípulos se desvió a lo negativo… a la desilusión, olvidaron el tenor real del mensaje:

«Estando ellos en Galilea, Jesús les dijo: El Hijo del Hombre será entregado en manos de hombres, y le matarán; mas al tercer día resucitará.» [Mateo 17. 22a ] Jesús no ocultó de qué iba su misión, ni tampoco cuál era el resultado de la cruz: muerte seguida de resurrección. Los díscipulos «oyeron» que moriría su maestro y entristecieron, «Y ellos se entristecieron en gran manera» [Mateo 17.22b] Es como si no hubiesen prestado atención (o no escucharon) la segunda parte del mensaje, se quedaron anclados en que Jesús moriría… entonces entristecieron. La consecuencia del sacrificio era bueno: «Porque el Hijo del Hombre ha venido para salvar lo que se había perdido.» [Mateo 18.11], aunque debía pasar un calvario el final sería según la promesa de Dios.

Muchas veces nuestra expectativa es tan positiva, que se queda corta, porque la probabilidad es alta de un final bueno… pero, si ocurre previamente un suceso triste, una prueba, una pérdida, entonces, enseguida nos cunde el desaliento que no nos deja ver más allá del evento triste, perdemos esa «positividad» que teníamos previamente.

Nuestra expectativa debe estar anclada en la promesa divina, en la fidelidad que Dios ha mostrado durante toda la historia de la humanidad, la que es reflejada en las Escrituras, esa ha de ser la base de nuestra esperanza.

«Diré yo a Jehová: Esperanza mía, y castillo mío; Mi Dios, en quien confiaré.» [salmos 91. 2]