III
A propósito de la semana Santa.
Si pasamos la semanas Santa, alegres y relajados, pues se consideran días festivos en nuestra sociedad, lo que nos permite alejarnos del ajetreado mundo del trabajo y ocupaciones obligadas,… lo que es bueno, pienso; pero, (siempre hay un pero)… quedamos indemnes tal cual, como el año anterior y el anterior y el anterior, que luego de la Pascua de resurrección, comenzamos nuevamente el ciclo laboral y de obligaciones sociales y familiares sin que hiciesen “mella” a nuestra vida el significado real de aquella muerte y resurrección, entonces pierde sentido todo el esfuerzo y sacrificio que sufrió el Cristo, aquella separación de su Padre por cargar en Él cada uno de nuestros pecados: desaires y desobediencias, idolatrías e incredulidades, todo Él lo expió en la cruz.
Al pasar de largo, sobre los días conmemorativos de la semana Santa, pasamos de largo sobre la promesa: Juan 3.14-15, “Y como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así es necesario que el Hijo del Hombre sea levantado, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna.”
Esa es la promesa: Vida eterna.
Jesús, fue claro en su discurso: Juan 6. 39-40, “Y esta es la voluntad del Padre, el que me envió: Que de todo lo que me diere, no pierda yo nada, sino que lo resucite en el día postrero. Y esta es la voluntad del que me ha enviado: Que todo aquel que ve al Hijo, y cree en él, tenga vida eterna; y yo le resucitaré en el día postrero.

