II
Cuidar nuestra lengua.
El deshacerse del hombre “viejo,” aquel que eras antes de conocer al Señor, no es tarea fácil, lleva mucho ahínco y voluntad (además de nunca soltar la mano del Señor). Uno de los primeros pasos, será modificar nuestro hablar, la forma y el contenido de expresión.
Como mencioné en el blog anterior, hay que aprender a llenar nuestra mente de ideas basadas en el mensaje de la Palabra, y en segundo lugar controlar la lengua; como se ejemplifica en la Biblia:
“He aquí nosotros ponemos freno en la boca de los caballos para que nos obedezcan, y dirigimos así todo su cuerpo.” [Santiago 3.3]
No es callar siempre. Es hablar bien y en el tiempo conveniente.
Aunque, deberíamos tener siempre presente que en muchas ocasiones callar te permitirá escuchar. Y seguramente escuchar va a tener mucho provecho para ti y para quien escuchas.
Una buena praxis o hábito para controlar nuestra lengua es la discreción. Contar a otros lo que no nos corresponde hablar, más cuando en privacidad o secreto fuimos enterados de algo, seguro traerá consecuencias serias y desastrosas, que remediarla conlleva vergüenza y perdón.
Otra tendencia: repetir y “aumentar,” lo que te contaron o lo que viste desde un ángulo que no es totalmente certero, es lo que provoca que “ruede” una “habladuría, murmuración, chisme,” comenzará como una pequeña bola de nieve y crecerá hasta una gran bola aplastante, dará lugar al cotilleo, al bulo, y puede que a la mentira, y ¿después que echaste a rodar algo así, cómo lo podrás detener?

