Hola!
III
Ahora, y cuándo nos engañamos a nosotros mismos? Ya no digo cuando hablamos la Palabra de forma adulterada o «a medias» a aquellos que aún no la conocen … eso, que no lo hagamos, ¡bien! Sino cuando nos engañamos a nosotros mismos no teniendo cuidado de la joya que poseemos.
«Pero sed hacedores de la palabra, y no tan solamente oidores, engañándoos a vosotros mismos.» [Santiago 1: 22]
El detalle es exquisito. Pulir el oro, la Palabra de Dios entregada a nosotros, detalle que a veces desestimamos, al dejar entrar en nuestra vida privada, familiar, social, aquello que no edifica, aquello que detiene el proceso de madurez cristiana, al olvidar aquello que cambiamos de forma radical luego que Jesucristo nos transformó en un encuentro personal. El detalle es exquisito, en cuanto a lo delicado que es: dejar de pulir el oro… hará que se ennegrezca y pierda su aspecto de joya.
Las joyas se relacionan con maravillas, cosas preciosas, de gran valor. ¿Has visto cómo cuidan las joyas sus dueños? Las limpian, las colocan en lugares seguros, las muestran en ocasiones especiales y se alegran al usarlas, no permiten que nadie las deteriore, ni admite que se pierdan. Son extremadamente cuidadosos y admiradores de la joya que poseen.
«En gran manera me gozaré en Jehová, mi alma se alegrará en mi Dios; porque me vistió con vestiduras de salvación, me rodeó de manto de justicia, como a novio me atavió, y como a novia adornada con sus joyas.» [Isaías 61: 10]
No nos auto-engañemos, poseemos una joya, la única manera de no cometer iniquidad contra ella, es alegrándonos de poseerla, cuidando que se mantenga pura, no permitiendo que alguien se atreva a deteriorarla (seamos nosotros u otros), sabiendo que esa joya fue dada por Gracia, sin merecimiento, en gratitud reconozcamos que somos linaje bendito del Señor, nos vistió de salvación, nos cubrió de justicia, nos atavió y adornó con sus joyas, no le hagamos quedar a menos.

