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VII
La realidad del sufrimiento ha sido siempre un problema para los creyentes: «Se llenó de amargura mi alma, Y en mi corazón sentía punzadas.» [Salmos 73: 21]… aunque se supone que sabemos que Cristo nos libera de todo dolor, de la corrupción y de la muerte, «porque también la creación misma será libertada de la esclavitud de corrupción, a la libertad gloriosa de los hijos de Dios.» [Romanos 8: 21- 23], el sufrimiento no nos gusta, y constantemente tratamos de evadir todo lo que nos pudiese llevar a sufrir.
Sin embargo, una cosa si que está clara: el dolor y el sufrimiento hacen que la relación con Dios sea más estrecha y nos lleva a comprender el significado de la participación en el sufrimiento de Cristo. «Jesús les dijo: A la verdad, del vaso que yo bebo, beberéis, y con el bautismo con que yo soy bautizado, seréis bautizados» [Marcos 10: 39] y «Porque de la manera que abundan en nosotros las aflicciones de Cristo, así abunda también por el mismo Cristo nuestra consolación.» [1ª Corintios 1: 5].
Por consiguiente, el sufrimiento encuentra su respuesta en la fe. Intervienen en este proceso la paciencia, la serenidad y la aceptación. Aunque es válido luchar por evitar el dolor, el sufrimiento, hay que presumir que llega un límite en que, lo que tiene valía es la aceptación teniendo en cuenta «que sometida a prueba vuestra fe, mucho más preciosa que el oro, el cual aunque perecedero se prueba con fuego, sea hallada en alabanza, gloria y honra cuando sea manifestado Jesucristo». [1ª Pedro 1: 7]
¿Dónde se nos «traba el paraguas» al hablar de dolor y sufrimiento humano? Cuando nos toca analizar el dolor y sufrimiento inevitable e inútil de cualquier humano, pero más aún en los inocentes. Lo consideramos dramático, misterioso, y más aún cuando es tocante al diseño de Dios, su justicia y misericordia. (Lee el libro de Job)
De lo que se trata es de adoptar ciertas actitudes ante el dolor que, en definitiva, son también
virtudes, uniendo el conocimiento con la dimensión emocional se consigue una conducta personal diferente ante el dolor.
Aceptar el dolor, no es dejar de luchar para eliminarle, ni aguantar estoicamente, no. Es luchar para quitarlo, minimizar y eliminar las causas, si es posible. La fortaleza, es la virtud que juega su papel aquí. La positividad, tratar de alcanzar un bienestar, aunque haya penuria o penas no todo se reduce a ello, porque si existe una visión de transcendencia (no solo concentrarnos en riqueza, salud y poder) la vida se hace más fructífera. El desprendimiento, poner el corazón en lo que más vale. Tampoco hay que ser indiferente ante los bienes de esta vida mortal, positivos si le acompaña la sabiduría, solamente tener en cuenta que pueden perderse en cualquier momento. En medio de una situación dura, uno/a siempre podrá hacer el bien, actuando sin victimismo, la resiliencia supone no doblegarse ante las tribulaciones, es una ocasión de crecimiento personal y espiritual.
Y cuando nos toca acompañar al que sufre, hay que aprender a acompañar. No es poseer buenos sentimientos… que sí, es un arte. Tiene que primar la misericordia y la ternura. Es no tener una actitud autoritaria o dar lecciones… es con cercanía y respetando en todo momento la dignidad del que está sufriendo, por una enfermedad terminal o estado insuficiente para disfrutar de autonomía física o psíquica, será dejando de ser egoístas y mostrar empatía como realmente somos buena compañía en esta circunstancia.

