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II
Llamados a santidad, sí.
Desde la ley de Moisés, «Cantad a Jehová, vosotros sus santos, Y celebrad la memoria de su santidad.» [Salmos 30: 4], hasta luego del surgimiento del cristianismo, «… amados de Dios, llamados a ser santos: Gracia y paz a vosotros, de Dios nuestro Padre y del Señor Jesucristo.» [Romanos 1: 7] Somos claramente amados por Dios, y por ende está el llamamiento a ser santos. ¿Entonces qué?
La escritura llama «santos» a todos los que confían en el Señor y han sido apartados para servirle y adorarle. «Amados, por la gran solicitud que tenía de escribiros acerca de nuestra común salvación, me ha sido necesario escribiros exhortándoos que contendáis ardientemente por la fe que ha sido una vez dada a los santos.» [Judas 1: 3]. Si Dios por Gracia te ha regalado el don de la fe… eres llamado a santidad. (¡Otra cosa es que estemos o no en esa tesitura! ¿Será más fácil creernos incapaz de llegar a santidad?)
El diccionario de la lengua española dice, santo: de especial virtud y ejemplo, especialmente dedicada o consagrada a Dios. Si que la cosa se complica, pues para cumplir con los parámetros, tendremos que dar ejemplo, conocido mejor en el lenguaje del cristiano como testimonio.
Damos testimonio si hacemos atestación o aseveración de algo. Sin embargo, si mostramos lo que no decimos que somos: sería una impostura y falsa atribución de una culpa. (haríamos a Dios mentiroso) Tercera pista: el testimonio cuenta, porque es así como servimos al Señor y es así como el mundo ve el carácter de Dios, a través de nosotros, los creyentes, (llamados a santidad.)
En consecuencia, alcanzar santificarnos es lograr apartarse para servir a Dios en dedicación y amor en correspondencia con: «… Dios os haya escogido desde el principio para salvación, mediante la santificación por el Espíritu y la fe en la verdad.» [2ª Tesalonicenses 2: 13b].

