lunes 09/11/2020

Hola!

Continuemos delineando sobre el porqué y para qué debatir: ¿Debatimos por la simple razón de enfrentarnos por un Tema que es discutible ó en ocasiones, debatimos sobre algo donde la discusión es insípida porque es sobre una Verdad rotunda y asentada que no merita ninguna opinión fuera de esa Verdad?

Lo que sucede cuando intentamos debatir sobre cuestiones que son infalibles y que las opiniones propias creemos erroneamente son argumentos válidos, sucede que perdemos el tiempo, y muchas veces tambíen perdemos la compostura al quedarnos desnudos de libreto, porque en realidad son argumentos inútiles los que nos conducen a dicho debate.

Un ejemplo de debate:

La gente que vió a Jesús, que vió sus milagros y escuchó sus enseñanzas, opinaban de maneras distintas sobre él. Tenían conocimiento de las escrituras y cada cual decía una u otra cosa sobre quién pensaban era ese hombre fuera de lo común. Pero la Verdad era una, sólo una, sin importar la opinión propia de cada cual en aquel debate… había una Verdad.

«Viniendo Jesús a la región de Cesarea de Filipo, preguntó a sus discípulos, diciendo: ¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del Hombre? Ellos dijeron: Unos, Juan el Bautista; otros, Elías; y otros, Jeremías, o alguno de los profetas. El les dijo: Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?
Respondiendo Simón Pedro, dijo: Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente.»
[Mateo 16: 13- 16, Marcos 8: 27- 29]

Existen temas debatibles en la vida de un cristiano, temas en las escrituras… y vale que se converse sobre tales dando argumentos interpretativos según la experiencia de cada cual, pero hay Verdad que no cabe en el «círculo» del razonamiento humano, y que sólo a través del don de fe pueden argumentarse, sobre tales, debatir no creo sea útil. Enseñar sobre ellos sí, ayudar a escudriñar la Escritura también… porque de aquella polémica que había entre los judíos sobre quién era Jesús… sólo hay una Verdad y esa sólo la conocía al que le fue revelado:

«Entonces le respondió Jesús: Bienaventurado eres, Simón, hijo de Jonás, porque no te lo reveló carne ni sangre, sino mi Padre que está en los cielos.» [Mateo 16: 17]