Hola!
Ser competente, es el adjetivo que describe al que está capacitado o cualificado en una materia especifíca, por tanto se espera de él/ella un comportamiento eficiente al ejercer la actividad que comprende el área en que se ha especializado; el experto recibió instrucción específica y estará equipado con las herramientas correspondientes para ejercer su competencia.
Así que hablamos de dos aristas al mencionar el término competencia. 1º La importancia de recibir e incorporar en el saber una instrucción adecuada (tener el buen maestro y la voluntad de asimilar). 2º En correspondencia con dicha cualificación actuar de forma hábil, con competencia, lo que dice que hay idoniedad para hacer algo o intervenir en un asunto determinado (se domina un área lo que da potestad para actuar en ella).
En la práctica para desempeñar un oficio, ocupación o puesto no sólo hay que tener los conocimientos técnicos y teóricos específicos, también hay que poseer destrezas y aptitudes para afrontar retos transversales, aquellos que colindan con la labor sin ser particular de ella, sólo así se puede ser resolutivo, flexible y abierto.
Por demás, ser competente es indispensable a la hora de ejercer un ministerio en la iglesia. Un antecedente de cierta instrucción, un comportamiento acorde a la imagen del actuar de la Iglesia, es el reflejo que observa el que será ministrado, por tanto no es: – Haz lo que yo digo y no lo que yo hago! Será una piedra de tropiezo el ministro que se exprese así. Es de cautela escoger los ministros: «Buscad, pues, hermanos, de entre vosotros a siete varones de buen testimonio, llenos del Espíritu Santo y de sabiduría, a quienes encarguemos de este trabajo.»[Hechos 6: 3].
A qué trabajo se refiere este pasaje? Al trabajo de servir a las mesas! [Hechos 6: 1- 2]. De aquí interpreto que cada uno, sea cual sea su labor dentro de la iglesia, hasta la labor supuestamente más simple, debe ser en buen testimonio, con la llenura del Espiritu Santo y en sabiduría.
Un detalle, el basamento para ejercer un ministerio:
«… no que seamos competentes por nosotros mismos para pensar algo como de nosotros mismos, sino que nuestra competencia proviene de Dios…» [2ª Corintios 3: 4- 6].

