sábado 23/05/2020

Hola!

Hoy quiero centrar la atención en otra de las virtudes del carácter: el autocontrol.

¿A qué llamamos autocontrol?
A la fuerza o autoridad que la persona ejerce sobre si misma, no actuar por impulso, ni de manera desaforada o rebeldemente, es decir sin previamente medir las consecuencias de los actos o acciones.

En Proverbios a la falta de autocontrol se le describe como a un hombre con un espíritu sin riendas, ¡qué acertada la expresión! Imaginemos a un jinete sobre un caballo que va sin riendas, sabemos de ante mano que seguramente no llegará nunca al destino previsto, pues el jinete ni control ni autoridad tiene sobre el animal al faltar las riendas. También compara a éste hombre con una ciudad derribada y sin muros, lo que traerá consecuncias catastróficas, pues además que la ciudad termina vencida podrá ser saqueada porque no tiene protección.
“Como ciudad derribada y sin muro es el hombre cuyo espíritu no tiene riendas» [Proverbios 25: 28]
Esta capacidad, el dominio propio, la que se adquiere según crecemos y maduramos espiritualmente, porque es otro fruto del Espíritu, junto a la templanza permite resistir tentaciones y no quebrantar la obediencia al Señor, nos ayuda a cultivar un temperamento calmado, sin inclinación a la ira ni al pecado. Conociendo que toda acción comienza en nuestra mente, puedo resumir que es bueno el control de nuestros pensamiento; “llevando cautivo todo pensamiento a la obediencia a Cristo [ 2 Corintios 10: 5]

Digamos que el control de nuestros pensamiento son las riendas que no le pueden faltar al jinete.

Hacernos de riendas firmes y sanas nos asegura desarrollar el dominio propio guiado siempre por el conocimiento de la Palabra.

Porque no nos ha dado Dios espíritu de cobardía, sino de poder, de amor y de dominio propio.
2 Timoteo 1:7